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El síndrome de la división

Si de ganar se trata, la lógica plantea su-mar, en lugar de restar, también implica multiplicar, no dividir

La Razón / Juan León / La Paz

02:08 / 09 de diciembre de 2011

Si de ganar se trata, la lógica plantea sumar, en lugar de restar. Implica también multiplicar en lugar de dividir. Y, sin embargo, la recta final del año encuentra al país transitando caminos que se distancian cada vez más.  El objetivo de definir una agenda nacional capaz de poner a todos detrás de un objetivo común que nos consolide como país parece, así, cada vez más lejano y difícil de alcanzar, aunque nadie pone ya en duda la necesidad de cambio.

El hecho es que cada sector interpreta el cambio a su manera y según sus propios intereses; y se considera dueño exclusivo de un proceso cuyos resultados, buenos o malos, afectarán la vida de todos, aunque no todos hayan sido responsables de su desarrollo. Cuando todos deben tirar la carreta hacia el mismo lado, cada uno tira hacia el que más le conviene o interesa. La carreta está por eso empantanada aunque las circunstancias externas sean favorables, como pocas veces ocurre.

Bolivia tiene buenos resultados macroeconómicos porque los precios de las materias primas que exporta son altos como pocas veces en el mercado internacional. Pero el país ha sido incapaz, hasta ahora, de aprovechar la coyuntura para evitar que la estantería se venga abajo cuando termine la bonanza externa. Lo malo es que a estas alturas de la historia, en un mundo globalizado, estar detenido, como congelado en la historia, implica marchar hacia atrás.

Mientras tanto, la atención del país gira como casi siempre en torno a los dimes y diretes de una pugna política intrascendente e improductiva. Resulta difícil entender, por ejemplo, que se le pretenda dar “carácter vinculante” a la reunión convocada por el Gobierno para definir una nueva agenda, a sabiendas de que sus conclusiones, por muy interesantes o buenas que sean, no reflejarán el interés del bien común. No sólo porque en ella no estarán representados todos los sectores de la sociedad, sino porque no tiene ningún tipo de legitimidad ni legalidad como para que sus conclusiones sean “aplicadas en los siguientes tres años”, como anunció alguna autoridad gubernamental.

De hecho, esa reunión pierde legitimidad por la exclusión desde el vértice a las representaciones partidarias y el rechazo nacido de las bases desde el movimiento sindical y las naciones indígenas. Resulta demasiado evidente, por buenos y loables que sean los objetivos del Gobierno para justificarla, que el objetivo fundamental es recuperar una imagen política en deterioro con miras a un proceso electoral todavía lejano.

La consecuencia inmediata de una iniciativa de esa naturaleza no podía ser otra que el anuncio de planes para crear fuerzas políticas antagónicas, aunque sean de ideología similar. El resultado anticipado no podía ser otro que reactivar el síndrome de la división en el país, lamentablemente.

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