Columnistas

El sistema Putin

Putin, afirma Ockrent, ha construido un sistema donde la oligarquía está a su servicio exclusivo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:28 / 10 de octubre de 2015

Mientras la ofensiva rusa contra el Estado Islámico (EI) despliega todo su poderío bélico, destruyendo líneas de abastecimiento, arsenales y centros de reclutamiento del tenebroso califato, los mandos occidentales critican, inermes, la arremetida rusa y la caricaturizan como una jugada para sostener en Damasco a Bashar al Assad, aliado del Kremlin. Sin embargo, en su reciente encuentro con Obama, en Nueva York, Putin propuso una coalición internacional contra el EI, no solo con bombardeos desde el aire, sino ofreciendo sus efectivos sobre el terreno. Paralelamente, la situación en Ucrania tiende a consolidarse en favor de los intereses de Moscú, lo que implicaría el levantamiento de sanciones contra Rusia.  ¿Cuál es la receta que le ha permitido a Vladimir Putin conservar el control interno por cerca de dos décadas y a la vez lo ha proyectado al exterior con fuerza y decisión?

Acabo de leer Los oligarcas: el sistema Putin, de reciente aparición en su versión francesa (Ed. Robert Lafon, 369 páginas) en el que Christine Ockrent, en admirable investigación explica que de la implosión de la Unión Soviética, ocurrida hace 25 años, surgió entre las ruinas del comunismo y el caos consiguiente una generación de aventureros que aprovechando el desorden imperante, usando todos los medios, se apropió de los otrora conglomerados estatales que manejaban colosales riquezas naturales, al amparo de una modalidad de privatizaciones alegre y despilfarradora. A esos audaces se los conoce despectivamente como los oligarcas. Simultáneamente, a nivel político, Vladimir Putin, antiguo teniente coronel de la KGB, campeón de yudo y rambo de la Guerra Fría, hereda el control del Estado desde el 2000; y consciente de que el poder no se lo comparte, instaura un alucinante equilibrio con los nuevos ricos. Un extremo es el emblemático caso de Mikhail Khodorkovski, cuya compañía petrolera Yukos fue confiscada, y su propietario, confinado a purgar diez años en la cárcel. Otros con mejor suerte pudieron exiliarse al extranjero, llevándose miles de millones de dólares consigo para depositarlos en paraísos fiscales o en Londres, centro financiero apodado como Londongrad donde el Gobierno de Su Graciosa Majestad se hace el de la vista gorda y no indaga el origen de esos fondos.

El relato de Ockrent se asemeja a un libro de contabilidad con la nómina de los oligarcas rusos que figuran junto al de sus empresas, rubros de producción y el dispendio de sus enormes ganancias en palacetes de lujo, yates e inversiones en el campo del deporte o los espectáculos. También se reseña su biodata que sigue un común denominador: sólida formación académica, contactos iniciales con la nomenclatura gubernamental, vínculos con las mafias locales, matrimonios rotos y divorcios costosos. Sus enlaces con el poder central se ajustan a un modus vivendi simple, pero de difícil observancia: hacer negocios pero no inmiscuirse en política interna. Más de una vez Putin requirió las piastras de los oligarcas, por ejemplo, para el financiamiento de las obras de infraestructura de los juegos olímpicos en Sochi, cuando su generosidad fue mayúscula. En cambio quienes osan enfrentarse con el régimen corren el riesgo de ser “suicidados”, como Berezovski, o tener problemas con la oficina de recaudación impositiva, el de medidas anticorrupción y otras instituciones gubernamentales. Esa tendencia no excluye frecuentes enfrentamientos entre grupos empresariales o pleitos personales entre sus patrones que se ventilan en los estrados judiciales.

A nivel externo, cuando las potencias occidentales decidieron imponer sanciones a la Federación Rusa por la anexión de Crimea, comenzaron por intervenir las cuentas bancarias de los oligarcas, y en Estados Unidos se estableció una lista negra que les vedaba las visas de ingreso y la prohibición de movimientos financieros en sus bancos. Ockrent concluye su obra citando a Aristóteles, quien definía la oligarquía como el poder de un pequeño grupo de hombres que solo velan por proteger sus propios intereses. Vladimir Putin, dice, ha construido un sistema donde la oligarquía está a su servicio exclusivo.

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