Columnistas

Hacia una sociedad de la confianza

El progreso depende de la confianza, de saber que no se necesitan papeles para que se cumplan compromisos

La Razón / Iván Finot

00:16 / 07 de junio de 2013

Desde hace un par de décadas se sabe que, en lo fundamental, el desarrollo económico no depende de la inversión (como mecánicamente se creía antes), sino de la confianza, de saber que, para que se cumplan compromisos, no se necesitan papeles: el otro cumplirá.

Sin embargo, en nuestro país aparentemente ocurre todo lo contrario, lo que impera más bien es la desconfianza, nos sorprendemos cuando el otro cumple, o se atrasa sólo un poco, si no está obligado a hacerlo. Tratamos de asegurarnos de que nos cumplirán a través de “documentos privados”, pero si se llega el raro extremo de ir a juicio preferiremos transar... a esperar una lentísima decisión judicial con la que recuperaremos menos de lo que nos debían y nada del tiempo perdido. Esto ocurre sobre todo en el occidente del país. En Santa Cruz, en Tarija, menos. El cruceño, el chapaco, prefieren confiar, se hace negocios por mucho dinero tan sólo de palabra. Y se cumple. Y se entiende y se espera si hay explicaciones de fuerza mayor, porque se sabe que es la verdad. ¡Cómo, y con razón, el cruceño y el chapaco desconfían de la “Justicia”!

Pero en el occidente no: entre desconocidos prima la desconfianza: “¿Me estará engañando?”, “está barato, pero, ¿qué hago si no funciona?”, “¿y si nunca más lo veo?”, “¿cómo me aseguro?”, son las preguntas que nos hacemos casi siempre que compramos algo... ¿Cómo progresar si desconfiamos todo el tiempo unos de otros?

Primero busquemos el porqué. Dos investigadores de las mejores universidades del mundo proponen una respuesta a una pregunta crucial: “¿Por qué fallan las naciones?”. En todo el mundo, ¿cuáles son los países que se han quedado atrás? Y responden: los que tienen un pasado de colonizados. ¿Y cuáles son los que van dejando atrás el subdesarrollo?  Aquellos que superan las rémoras de ese pasado. Después de décadas de sólida investigación y comprobación, los autores llegan a esta conclusión, publicada el año pasado: la explicación es el colonialismo.

En Bolivia, situémonos imaginariamente en el lugar de los invadidos durante la Colonia: un pequeño grupo de advenedizos comienza a explotarnos y abusarnos sin límite. Para ello cuentan con armas, frente a las cuales con nuestras hondas casi nada podemos hacer. Pasan las décadas, los siglos... y todo sigue igual. Con frecuencia la ira estalla y se va a la lucha, sabiendo que nos ganarán. Morir antes que esclavos vivir. Ante esa situación, en que nos obligan a trabajar, nos explotan y abusan todo el tiempo, ¿no es mejor tratar de engañarlos, de trabajar lo menos posible, de robarles?

Han pasado varios siglos, se dirá, pero en el occidente las pautas de las relaciones entre las personas se labraron entonces, estos son los orígenes de nuestro interrelacionamiento, no debe extrañarnos que aún impere la desconfianza. Eso no cambió cuando los descendientes de los invasores se declararon República, solamente empezó a cambiar cuando los originarios fueron a luchar al Chaco, y gracias a ello pudieron liberarse de la servidumbre. Y la desconfianza se está dejando definitivamente atrás sólo ahora, en el siglo XXI, cuando aquella población, mayoritaria, pero siempre subordinada, comprueba, sorprendida, por primera vez ¡que es verdad que todos somos iguales!

Esa es la época que estamos viviendo. A superar entonces la desconfianza, la última barrera que queda para poder construir una nación sobre las raíces de una cultura milenaria, y adoptar todos de cruceños y chapacos la confianza de los unos en los otros. Que la Justicia tenga poco trabajo.

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