Columnistas

La soledad capitalista

La máxima socialización del trabajo coincide con la mínima socialización del ser humano.

La Razón (Edición Impresa) / Farit Rojas Tudela

01:32 / 06 de julio de 2015

Un modo de producción es una forma histórica de cooperación social. Y todo el problema se encuentra en el modo o en la forma en que se coopera. Muy poco puede producir un individuo aislado. Con suerte, apenas podría llegar a sobrevivir. Del mismo modo las ganancias que un patrón puede obtener si contrata a un individuo aislado son muy reducidas. Sin embargo, cuando los individuos cooperan, el esfuerzo de cada uno se potencia y logran mucho más de lo que podrían lograr cada uno por separado.

La impresionante fuerza histórica del capitalismo consistió en extender la cooperación social hasta límites insospechados. Tomemos el ejemplo de una fábrica. Los obreros trabajan con máquinas que fueron creadas por otros; comen alimentos preparados por otros; se iluminan gracias al trabajo colectivo de otros; utilizan servicios como el agua, la luz, el gas, los medios de transporte, asisten a un seguro médico, consumen medicamentos, entretenimiento, ropa, etc., que no serían posibles sin el trabajo coordinado de otros grupos sociales. En síntesis, el producto de esas fábricas no sería posible sin la cooperación social extendida, donde si bien se incluye el trabajo manual cada vez es más importante el trabajo cerebral, es decir la creación colectiva del conocimiento.

En la vida cotidiana también se extiende la cooperación colectiva, de ahí que Antonio Negri se refiera al pasaje del obrero industrial del siglo XIX al obrero social de hoy. Lejos de desaparecer la clase social ligada al trabajo, ésta se extendió hasta casi identificarse con el conjunto de la sociedad. Todos los trabajos confluyen en la producción social de la riqueza y en la producción social del conocimiento.

La contradicción del capitalismo es que habiendo extendido la cooperación social y colectiva a niveles insospechados, logra convertir esa potencia en un bien privado: el capital, logra convertir al ser humano en víctima de su producción. Y es el propio capital el que ejerce una dominación sobre la potencia que la produjo; de esta manera se sustituye el deseo de comunidad y cooperación por el individualismo y el egoísmo posesivo. Todo el secreto del capitalismo se encuentra en mantener la cooperación objetiva, pero en imponer a la vez una serialización de la subjetividad social. Es lo que Foucault describió al referirse al Panóptico de Bentham, una arquitectura social para el trabajo cooperativo pero a la vez para el aislamiento vigilado y controlado. De este modo la máxima socialización del trabajo coincide con la mínima socialización del ser humano. Así, el individuo cree en verdad en su individualidad y soledad, pese a que viva en un flujo constante de cooperación. El modo de producción capitalista consiste, entonces, en hacernos creer que estamos solos.

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