Columnistas

La soledad en la guerra

‘Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí, es la soledad infinita’ (A. Camus)

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

04:20 / 30 de junio de 2015

Durante bastantes años, en mi infancia, mi abuelo contaba su incursión en las arenas del Chaco. Él evocaba siempre la anécdota de una tregua pactada en las vísperas de una Navidad. Los combatientes enfrentados, bolivianos y paraguayos, dejaron sus trincheras por un momento y se abrazaron, e incluso intercambiaron sus cinturones. Mi abuelo, como miles de jóvenes bolivianos, había ido a esas tierras pérfidas atraído por la gloria y con un sentimiento patriótico a cuestas. Empero, se encontró con un infierno dantesco: hambre, sed, dolor, muerte y, sobre todo, soledad. La Guerra del Chaco, como todas las guerras, fue brutal y estúpida. Pero, aunque suene a paradoja, también humana.

Albert Camus decía: “Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí es la soledad infinita”. Imagino que esta soledad es las más angustiante y desesperante, porque en el corazón de los combatientes está instalada aquella idea referida a que, posiblemente, nunca más volverán a ver a sus seres queridos. Por eso la soledad seguramente se hace más insoportable, llegando a ser como una esperanza muerta. No es casual que, en una carta dirigida a su madre, el capitán Rafael Pabón escribiera: “De pronto me vi tan solo en el bosque, iluminado, solo por las penumbras y crepúsculos vespertinos, pensando otra vez en los seres queridos que se hallan tan lejos”.

Hace dos semanas se conmemoró los 80 años del cese de las hostilidades bélicas entre Bolivia y Paraguay acontecidas en los parajes del Chaco, donde, como sabemos, germinaba el sentimiento nacionalista. Es una pertinente oportunidad para desentrañar aquellos sentimientos que fluían en los soldados en ese escenario infernal. Por eso cuando uno lee las cartas de los combatientes (compiladas hoy en el libro Epístolas de la Guerra del Chaco), tengo esa sensación amarga que entre la soledad y la guerra bucea un mar de sentimientos que provocan en el ser humano la violencia, el miedo y la nostalgia.

Como relata estremecedoramente una crónica periodística de 1931 en El Imparcial: “El fuego ha cesado en las trincheras. Los hombres que quieren matarse descansan brevemente de las fatigas del día. Todo es silencioso, hasta el dolor de los hombres es silencioso”. Esa angustia por la soledad que la guerra acarrea está metafóricamente retratada en el cuento de Augusto Céspedes titulado El Pozo. En este relato los personajes/soldados, como si fueran Sísifo sediento, cavan la tierra en busca del agua que nunca encuentran. Al final, como parte del designio trágico de la guerra, los pozos yermos solo sirven para enterrar sus cuerpos ávidos de agua convertidos en cadáveres. Al final de su cuento Céspedes escribe: “Entonces echamos tierra, mucha tierra adentro. Pero, aun así, ese pozo seco es siempre el más hondo de todo el Chaco”. Ese pozo, al igual que la soledad de los soldados, refleja esa angustia humana que fue la Guerra del Chaco.

Aquella soledad del Chaco sirvió como una suerte de espacio shakesperiano en el que se escenificó el drama político, pero también fue un lugar para la propia representación del drama humano que se hizo evidente. Lo político y lo humano se entremezclaron para tejer su propia odisea. Las vivencias particulares de los combatientes, con sus propios espectros, fueron parte de ese drama de guerra para darle la razón a Ernest Hemingway, quien afirmó: “Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen”.

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