Columnistas

La sombra de Don Gabriel

Esto sucede cuando  la habilidad del fotógrafo lo vuelve invisible, y a nosotros, visibles

La Razón / Édgar Arandia. Es director del Museo Nacional de Arte. / La Paz

02:00 / 18 de diciembre de 2011

John Berger es uno de mis escritores favoritos, además lo considero el mejor crítico de arte. Me enseñó a  observar las fotografías y desentrañar el instante en el que el obturador capturó la imagen, tal vez para siempre. Eso que vemos quedará como testimonio de lo que vivimos, sentimos y, sobre todo, lo que estábamos pensando el momento en que nos retrataron. Esto sucede cuando no estamos posando, cuando la habilidad del fotógrafo lo vuelve invisible, y a nosotros, visibles.

Tengo ante mí la fotografía del dirigente Adolfo Chávez, dirigiéndose a sus correligionarios en la cumbre paralela que realizaron en Santa Cruz. A su derecha está una mujer que mira, con el ceño fruncido, hacia adelante: ha visto entrar a alguien con el que no simpatiza. A la izquierda está un dirigente de la Conamaq fácilmente identificable por su atuendo, parece que escucha con atención lo que Chávez dice. Detrás hay más personas, y como fondo un letrero que reza: “1er Gran Encuentro de Naciones Originarias de Bolivia”; a su derecha, como supervisando el evento, está el retrato de Gabriel René Moreno (1836-1907). Es su retrato clásico, el que aparece en los billetes de Bs 100, con el rostro calmo y la mirada dura, la calva reluciente; todo enmarcado en un rostro de criollo español. Esta foto, si no me equivoco, fue tomada en Chile, país donde desplegó su principal actividad intelectual.

Es obvio que Chávez no se enteró cómo pensaba Don Gabriel sobre los indígenas. En un párrafo en el que habla de Mojos (Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos) expresa su intenso racismo: “Lo más reñido del combate de la existencia entre las especies del género humano comenzó no ha mucho tiempo en Mojos. Arreció cuando, al ruido de esos talleres y al balido de esas estancias, acudieron por sueldos, por cambios y por rapiñas turbas de empleados y de mercachifles cochabambinos y cruceños. (…) Casi todos eran mestizos indo-blancos, preponderantes en el Alto Perú, casta híbrida, de confusas aptitudes, con viveza para simular todas las buenas, de impotencia probada para el recto y viril ejercicio de la soberanía, sicológicamente perniciosísima cuanto sus individuos sean más sabedores y frondosos. Detiénese sin remedio en esta la evolución del ser humano, vinculado de preferencia al predominio de la superior especie pura de los blancos. Se detiene en estos mestizos, bien así como en el mundo se ataja a mejora respectiva de las razas asnal y caballar (...)”. Y concluye señalando que “La inmigración caucásea es el único dique capaz de detener este retroceso, propio del atavismo cada vez más persistente y avasallador”.

Este imaginario fue reproducido por otros intelectuales influidos por el positivismo, entre ellos Alcides Arguedas, refutado por Franz Tamayo; y  en los 70’ por el furibundo Fausto Reynaga. Ahora me imagino qué dirá desde su retrato Don Gabriel. Muchos de sus seguidores estimularon el dique que propuso con la migración serbio-croata y alemana, amén de otras nacionalidades; hasta hubo una autoridad prefectural que propició la inmigración masiva de sudafricanos blancos para: desarrollar nuestro país, ya que los indios perjudican su progreso.

El escenario de la cumbre paralela  devela que el fortalecimiento de los pueblos indígenas tiene diversos matices, no es homogéneo y cada sector responde a sus intereses, pero algo queda claro; aquellos nostálgicos que añoran el tiempo de los patrones, de la sumisión al patriarca de la hacienda, están como la foto de Don Gabriel, una sombra del pasado, ya que en sus bigotes prusianos los dirigentes indígenas hablan un lenguaje que era impensable hace medio siglo, porque su dique se derrumbó.

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