Columnistas

La soportable levedad de Praga

La ciudad de Praga aún conserva su belleza milenaria, no así la vida cotidiana de sus habitantes

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:42 / 03 de agosto de 2013

Puse en mi mochila, como único material de lectura, el  clásico libro de Milan Kundera sobre la insoportable levedad del ser, y decidí ya no ocuparme de Kafka y visitar en ocho días sitios que aún permanecían ignotos para mí en “La capital más bella del mundo”. Deseaba constatar los cambios operados en esa pequeña nación al cabo de 45 años, cuando el 20 de agosto de 1968, los ejércitos de cinco países adherentes del Pacto de Varsovia la invadieron y aplastaron la Primavera de Praga, dejando 72 muertos y enterrada por dos decenios su pretensión de instaurar “un socialismo con rostro humano”. Ese episodio sirvió a Kundera para elaborar la trama de la novela que yo quise revivirla.

Libreto en mano trepé la espigada calle que me elevó hasta la colina de Petrin, donde desde el Castillo se contempla ese bosque de techos rojos que cubren las casas eslavas conservadas con supremo esmero por varios siglos. Pero un travieso tranvía  desvió mi hoja de ruta y me depositó en la exposición retrospectiva de la obra de Alfonse Mucha (1860-1939), quizá el mayor representante del movimiento apodado art nouveau (arte nuevo) que tanto impacto tuvo al principio del siglo XX. Mucha se hizo famoso con sus afiches, paneles decorativos, calendarios, ilustraciones en libros y revistas, cartas postales, menús y miles de otras producciones en las que sobresalen los 20 cuadros de gran formato de la Epopeya Eslava. En su época parisina, su asociación con Sarah Bernard, la estrella fulgurante del teatro francés, lo catapultó a la notoriedad, hasta el advenimiento de la guerra mundial que precipitó su muerte.

De la ciudad de las 100 torres escalé, esta vez, sólo dos. La del célebre reloj de la Alcaldía, cuyo ascenso no fue tan dramático como el descenso hasta el laberinto medieval de sus catacumbas, en cuyas minúsculas cavernas se puede imaginar los gemidos de los herejes, de las brujas y de los marranos, sentenciados por la Inquisición. La otra, que la llaman Petrinska Rozhledna, es una torre de observación panóptica de 303 escalones de piedras ancianas sólidamente concatenadas, que estuvo en uso de los servicios secretos hasta la transición democrática.

En otra jornada, por curiosidad histórica, tomé un bus que me condujo hasta la aldea de Terezin, antigua barraca militar de la guerra de los 30 años, habilitada por los nazis, en 1941 como un campo de concentración modelo, cuyos huéspedes eran judíos notables, homosexuales y hasta opositores alemanes al Führer que tenían un tratamiento de excepción. Hasta les estaba permitido montar piezas teatrales, organizar conciertos y transitar libremente dentro los límites del pueblo amurallado. Pero, para los díscolos u otros estigmatizados, la denominada “pequeña fortaleza”, bajo el tenebroso letrero Arbeit macht frei, era un infierno perfectamente diagramado en corredores de una veintena de celdas de 2x1 metros, con catre e inodoro. Para unos y otros el destino final era el mismo: las cámaras de gas en Auschwitz-Birkenau o Treblinka. Sus nombres, escritos en bella caligrafía, llenan los muros del museo erigido en ese lugar junto a las fotografías de algunos figurones, sus maletas, unos utensilios de cocina y ropa diversa.

En Praga, cada día fue para mí una enseñanza diferente. Lo que era igual fueron los paseos inevitables por el Puente de Charles o por la vieja plaza, donde masas de turistas jóvenes y viejos, se retratan los unos a los otros, siguiendo esa nefaria tendencia de gozar más, contando a su retorno, sus periplos graficados que de vivir a plenitud, momentos inolvidables.

La relectura del trágico relato de Kundera que nos conmovió en 1984, año de su publicación, retrata una Praga que aún ahora conserva su belleza milenaria, pero la vida cotidiana de sus habitantes cambió, porque está insoportablemente contaminada por la fiebre del turismo, del consumismo desenfrenado, de la globalización kitsch. Kundera y sus divagaciones sobre si la defecación es una obra divina ya no tienen lugar en una sociedad que ha dejado de ser totalitaria, pero que está saturada del pensamiento único del capitalismo: creced y enriqueceos.

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