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Los stronguistas somos felices

Los stronguistas somos felices no porque seamos campeones, sino porque no creemos en la derrota

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:01 / 05 de febrero de 2014

Los stronguistas somos felices porque somos tigres, no porque seamos campeones. Cuando The Strongest pierde, nos ponemos tristes antes que frustrados; y en el mejor de los mundos (cuando el Tigre gana) estamos felices antes que satisfechos. No son palabras mías. Las he tomado prestadas del Toto Loayza. Su texto cierra el libro 4 de 5, el Tigre te mata: crónicas stronguistas de un día de gloria, que se presenta mañana en el Palacio Chico (Ministerio de Culturas, Ayacucho esquina Potosí, 11 de la mañana). El Toto es capaz de mezclar a Carlitos Marx con el poderoso Tigre de Achumani no para hablar de materialismo histórico, ni siquiera de fútbol; lo hace para filosofar con zapatos aurinegros sobre la felicidad. No la felicidad con mayúsculas, completa y eterna (ésa no existe), sino sobre los pequeños momentos de goce, plenitud y felicidad chiquitita, en minúsculas.

El mundo del fútbol es sucio, corrupto, violento; esconde mafias, esclavitud y tantas otras miserias y tipejos indeseables. Pero el juego es lindo. Y la pasión del hincha es intocable, mágica, mística, sagrada y emociona en estos tiempos fríos, individualistas y aburridos. Al Tigre lo hace grande su gente.

¿Pueden 11 tipos en pantalones cortos, unos colores y una historia desatar sentimientos y nostalgias en un solo día? Y sí, pueden. En el libro 4 de 5, el Tigre te mata te encuentras con hombres y mujeres confesando que han llorado; recordando a seres queridos (padres, madres, tíos, abuelas…) que hace muchos años hicieron lo mismo que ellos: ir a una cancha, alentar a un equipo y luego festejar en El Prado con amigos, incluso con desconocidos gigantes que les hablaron como si fueran de la familia.

En las celebraciones stronguistas nos acordamos de nuestros rivales, nos mofamos, nos matamos de la risa, entre alcoholes y vahos; pero fundamentalmente nos dejamos caer en brazos de la nostalgia, de aquella vieja camiseta, de reminiscencias que nos conectan con el pasado y nos unen al futuro.

¿Puede una crónica y un recuerdo ponerte un nudo en la garganta? ¿Puede un texto humedecer tus ojos avergonzados? Y sí, pueden. Si todavía tu corazón no se ha refugiado en la heladera por los golpes de la vida, pueden. El Papirri confiesa que a través del Tigre se reencuentra con su ciudad y los suyos; llega desde Quito y devora afectos. Y recibe los mejores abrazos de su vida de abrazos.

Diego Ayo ve otra vez a su papi, Mario Ayo, escuchando la radio allá por los setenta (año 1977) junto a su entrañable tío Tayo, su hermano y él mismo; todos imaginando gambetas, esperando escuchar un grito de corazón en aquella final cochabambina contra Oriente. El Huili Camacho también vuela a ese “lugar”: él también es chico y junto a su padre están prendidos a la radio muy lejos de La Paz, en Puerto Suárez, haciendo maravillas para seguir el partido. Han pasado muchos años y ahora miran a sus hijos de aquella misma edad y saben que dentro de 40 años, allá por 2050, algún stronguista recordará que su padre, tío o abuela le llevó a la cancha aquel 22 de diciembre de 2013 para luego ir al Prado para ver cómo “el horizonte se hacía Tigre” (parafraseando, así lo hace Ayo, a Zavaleta Mercado). 

Tenemos a argentinos (como Mariano Vázquez y Javier Accinelli, “bostero” y “rojo”) confesando que se puede vivir con dos amores en el corazón. Y al gran Danilo Rojas, músico y pilar del jazz boliviano, enseñando orgullo a sus pequeñas hijas, gritando con ellas desde Melbourne (Australia) el grito telúrico aymara que hace temblar a las adversidades: Huarikasaya, kalatakaya (donde rompe la piedra y tiembla la vicuña). Los stronguistas somos felices no porque seamos campeones, sino porque no creemos en la derrota, no desistimos nunca y cuando nos tocan el orgullo, matamos.

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