Columnistas

El sublime dolor del terror

Pienso que no habría que dar palestra a quienes la buscan con actos detestables.

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:19 / 10 de junio de 2017

La imagen de Ariana Grande minutos después del atentado perpetrado el 23 de mayo en la entrada del Manchester Arena (Reino Unido), donde daba un concierto, pensativa, con su smartphone en la mano, lleva a pensar que si hay una banalización del mal, ésta ocurre en la social media. Sus pensamientos no están en su seguridad, lo que está ocurriendo afuera o las víctimas, sino en su imagen, que es perseguida adictivamente por millones de jovencitos, “Broken. From the bottom of my heart, i am so so sorry. I don´t have words”, escribió en Twitter.

Lo que la cantante probablemente ignora, y quizás por eso está sin palabras, es que el terrorismo no empezó en Manchester, es un problema de todos los tiempos. Se lo conoce como una estrategia de debilidad que adoptan aquellos que carecen de acceso al poder real. Su fin es la propaganda. En el pasado operó sembrando miedo en pueblos y caminos; cuanto más terroríficas las imágenes era mejor. No solo el terrorismo subversivo, también el estatal. El subversivo quiere crear caos y el estatal, escarmentar. El terrorismo no tiene fuerza para derrotar al Estado ni para hacerse del poder; tampoco es tan mortal como se dice. Se sabe que en el mundo mueren por acciones terroristas aproximadamente 10.000 personas al año, pero por sobrepeso, millones.

El problema es que los Estados, ante el miedo de quedarse sin respuesta o perder la confianza de la población, caen en el juego al que el terrorismo les quiere llevar. Hacen exhibiciones de fuerza desproporcionada. Como dice el historiador Yuval Noah Harari, “la mosca es tan débil que no puede mover una taza. De modo que encuentra un toro, se introduce en su oreja y empieza a zumbar. El toro se enloquece de miedo y de ira y destruye toda la cacharrería”. Así derrocaron a Saddam Hussein, Gadaffi, y ahora lo intentan con Bashar al Assad.

El historiador Rob van Wijk define al terrorismo como teatro callejero. Y de esa manera es que actuamos nosotros. Los gobiernos, al combatir el terrorismo, usan la violencia y la escenificación del dolor para mostrar unidad de la población frente a la barbarie. El terrorismo ha recurrido a la escenificación cinematográfica como lo hace el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). Los gobiernos crean el dolor sublime, no solo de las autoridades ,sino también de la población que se va a sacar una selfi depositando flores en la calle; los artistas se hacen propaganda; las empresas de seguridad se promocionan; y todo lo que debería ser un acto repudiable se transforma en un repudiable negocio. A su vez los protagonistas de los atentados, la mayoría con pasado delincuencial, ya fueron muertos o se han suicidado y tienen primera plana en los periódicos. Para una parte de la población serán recordados como mártires, o sea, lograron sus objetivos.

No soy partidario de una forma de autocensura, callar los hechos para influenciar el advenimiento de nuestra verdad. Pienso que no habría que dar palestra a quienes la buscan con actos detestables. Los Estados no pueden soslayar los derechos humanos, como lo hizo el gobierno de Bush, quien degradó a los terroristas islámicos de la condición humana. Creo que la solución está dicha: actuar de manera normal frente a estas situaciones.

Ariana Grande, después de visitar a los heridos y realizar una campaña a su favor, organizó un concierto benéfico en el Old Trafford stadium el 5 de junio, ahora comparado con el recital Live Aid de 1985, histórico por la cantidad de artistas que participaron. Ella luce tacones más altos que nunca y desata su peinado habitual de cola de caballo para dejarlo suelto, desordenado y connotando su dolor mitológico y se convierte en una de las 100 personas más influyentes del mundo. 

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