Columnistas

El sueño imposible de Europa

El único gran error de los euroscépticos fue subestimar qué tanto daño haría la moneda única

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

00:00 / 26 de julio de 2015

Se siente cierto respiro en las noticias de Europa, pero la situación subyacente está tan terrible como siempre. Grecia está experimentando una crisis peor que la Gran Depresión, y nada de lo que está pasando ahora permite albergar esperanzas de una pronta recuperación. A España se la ha elogiado como una historia de éxito porque, por fin, su economía está creciendo; pero todavía tiene 22% de desempleo. Y hay un arco de estancamiento en todos los miembros hasta arriba: Finlandia está experimentando una depresión comparable a la del sur de Europa, y también les está yendo muy mal a Dinamarca y a los Países Bajos.

¿Cómo es que las cosas salieron tan mal? La respuesta es que esto es lo que sucede cuando los políticos que se permiten excesos hacen caso omiso de la aritmética y de las lecciones de la historia. Y no hablo de los izquierdistas en Grecia, ni de ninguna otra parte; me refiero a los ultrarrespetables hombres en Berlín, París y Bruselas que han pasado un cuarto de siglo tratando de administrar a Europa con base en una economía de fantasía.

Para alguien que no sabía demasiado de economía u optó por ignorar interrogantes incómodas, establecer una moneda europea unificada sonaba a una gran idea.

Seguramente pensó que iba a facilitar el hacer negocios por todas las fronteras nacionales, en tanto que serviría como un poderoso símbolo de unidad. ¿Quién podría haber previsto los enormes problemas que, finalmente, causaría el euro?

De hecho, muchas personas. En enero de 2010, dos economistas europeos publicaron un artículo titulado No puede suceder, es una mala idea, no va a durar, burlándose de economistas estadounidenses que habían advertido que el euro causaría grandes problemas. Resultó que el artículo fue un clásico por accidente: en el mismísimo momento en el que se estaba elaborando, la reivindicación de todas esas advertencias terribles estaba en proceso. Y el salón de la vergüenza (la larga lista de economistas que se citan por su pesimismo obstinado en el error) que se promete en el artículo, se ha convertido, en cambio, en una especie de lista de ho

nor, un quién es quién de los que más o menos acertaron. El único gran error de los euroscépticos fue subestimar exactamente qué tanto daño haría la moneda única.El punto es que, desde un principio no era para nada difícil ver que la unión monetaria sin unión política era un proyecto muy dudoso. Entonces, ¿por qué Europa continuó con él?

Yo diría que, principalmente, porque la idea del euro sonaba muy bien. Es decir, sonaba a que había visión de futuro y mentalidad europea. Exactamente el tipo de cosas que atrae al tipo de personas que pronuncian discursos en Davós. Ese tipo de gente no quería que economistas ñoños les dijeran que su glamorosa visión era una mala idea.

En efecto, pronto se hizo muy difícil plantear objeciones al proyecto monetario dentro de la élite de Europa. Recuerdo muy bien la atmósfera de los primeros años de la década de los 90: de hecho, se dejaba fuera de la discusión a cualquiera que cuestionara la conveniencia del euro. Es más, si se trataba de un estadounidense que expresaba dudas, invariablemente se le acusaba de tener motivos ocultos: de ser hostiles a Europa o de querer preservar los “exorbitantes privilegios” del dólar.

Y llegó el euro. Durante una década posterior a su introducción una enorme burbuja financiera cubrió sus problemas subyacentes. Sin embargo, ahora, como dije, se han justificado todos los temores de los escépticos. Más aún, la historia no termina ahí. Cuando comenzaron las tensiones pronosticadas y predecibles sobre el euro, la respuesta política de Europa fue imponer una austeridad draconiana a los países deudores, y se rechazó la simple lógica y la evidencia histórica que indicaba que tales políticas ocasionarían un terrible daño sin que con ellas se lograse la prometida reducción de la deuda.

Es asombroso, aun ahora, cuán despreocupadamente los altos funcionarios europeos desestimaron las advertencias en cuanto a que cortar el gasto gubernamental y aumentar los impuestos causaría recesiones profundas; y cómo ellos insistieron en que todo iba a estar bien porque la disciplina fiscal iba a inspirar confianza.

Pero no sucedió así. La verdad es que nunca ha funcionado tratar de lidiar con grandes deudas solo mediante la austeridad; en particular, mientras en forma simultánea se sigue una política de moneda fuerte. No funcionó para Gran Bretaña después de la Primera Guerra Mundial, a pesar de que los sacrificios fueron inmensos. ¿Por qué alguien esperaría que funcionara en Grecia?

¿Qué debería hacer Europa ahora? No hay buenas respuestas, pero la razón por la cual no hay buenas respuestas es porque el euro se ha convertido en una ratonera, una trampa de la que resulta difícil escapar. Si Grecia todavía tuviera su propia moneda, el argumento para que la devaluara sería abrumador, porque mejoraría su competitividad y terminaría con la deflación. El hecho de que Grecia ya no tenga una moneda propia, y que tendría que crear una a partir de cero, incrementa enormemente los riesgos. Mi suposición es que la salida del euro todavía podría resultar necesaria. Y, en cualquier caso, será esencial reducir gran parte de la deuda de Grecia.

Sin embargo, no sostenemos una discusión clara sobre estas opciones, porque el discurso europeo sigue dominado por ideas que a la élite continental le gustaría que fueran ciertas, pero no lo son. Y Europa está pagando un precio terrible por esta monstruosa autocomplacencia.

Es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

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