Columnistas

El sueño de la razón produce políticos

Atropellando llegaron los dictadores. A cual más aguerrido, sus integrantes se reñían la primera fila

La Razón / Homero Carvalho Oliva

00:06 / 19 de febrero de 2012

Para esta columna parafraseé el título de un grabado del pintor español Francisco de Goya: El sueño de la razón produce monstruos, para adecuarlo a la ocasión festiva de esta semana. Y es que anoche tuve un mal sueño, soñé con el Carnaval de los políticos. Vi a Casimiro Olañeta vestido de Rey Momo presidiendo el corso, detrás de él venía el cholo Andrés de Santa Cruz, muy elegante con su uniforme de príncipe europeo, y como salido de una caricatura, Mariano Melgarejo, montado en Holofernes (su blanco y amado corcel), atusaba su negra barba y miraba con sus negros y malignos ojos a los miracorsos, mientras repartía condones a diestra y siniestra.

Un grupo de viejas solteronas enmantonadas hacían de plañideras rezando al Tata Belzu, pidiéndole que les consiga marido, aunque sea un escritor desempleado, imploraban. Detrás de ellas venían los militares que carnavalearon en las guerras del Pacífico, del Acre y del Chaco, jugaban con pistolas y chisguetes de agua y se lanzaban globos como si fueran granadas. Un camión caimán les precedía cargando vinos, cervezas, jamones, chicha, mote y chuño que no invitaban a nadie. La más ingeniosa, y que despertaba muchos aplausos,   porque sus integrantes no necesitaban disfraces ni antifaces, era la comparsa de la Revolución Nacional en la que se destacaban un mono, un conejo, un pepino con cara de diablo y orejas puntiagudas a lo Mister Spock y un dandy de bigotito bien cuidado y pinta de sultán, que repartía besos entre las damitas del palco oficial que se derretían a su paso.

Atropellando llegaron los dictadores. Al cual más aguerrido, sus integrantes se disputaban la primera fila, había un petiso cabezón que no se cansaba de gritar que no era de la comparsa de dictadores, sino de la de los Demócratas; un milico con cara de caballo que se jactaba de que él si era dictador y un gordo con cara de sapo que repartía testamentos bajo el brazo.

Los más entusiastas eran los de la comparsa de los Demócratas, que se peleaban entre ellos por ocupar la silla presidencial que iba entronada en un carro con la alegoría de un Palacio Quemado; en ella se sentaba un gringo altanero y soberbio, y al rato un gallo chamuscado le hacía capuja invitándole a Sevilla, mientras un joven bufón se la pasaba rimando patatas con latas (aclarando: no es que hable en verso, sino que es la forma como converso); y un serio historiador que estaba de mosquetero los observaba de reojo y un gordito con cara de Toby, heredero de Superman (recuerden el coqueto robacorazón que lucía el padre),  regalaba cerveza en lata.

Detrás de ellos y haciéndoles morisquetas venían un elegante aymara con apellido español y cara de Túpac Katari y un joven, y canoso play boy, al que no se le movía el copete, arrastraba una carretilla repleta de libros de Maquiavelo y los repartía gratuitamente, como si fueran confites. Cuando desperté el Carnaval todavía estaba allí.

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