Columnistas

El sultán, la historia y los generales

Los mandatos de Erdogan se han caracterizado por la polarización de la sociedad turca.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Sanz

00:01 / 22 de julio de 2016

Su sueño declarado siempre ha sido convertirse en el gobernante turco que durante más tiempo ha estado al frente del poder. Aspira a superar incluso al padre de la Turquía moderna, Mustafá Kemal Atatürk, quien presidió el país durante 15 años a partir de su fundación en 1923. Como primer ministro en 2003 y 2014, primero, y como presidente de la república con plena autoridad de facto, Recep Tayyip Erdogan pretende seguir siendo el máximo líder político de los turcos al menos hasta 2023, cuando se conmemorará el centenario de la Turquía moderna. En la madrugada del sábado pasado, rodeado de sus más estrechos colaboradores en imágenes en claroscuro, el Jefe del Estado llamaba a resistir a los tanques y los helicópteros de los sublevados, mientras su destino en los libros de historia se sumía en la incertidumbre.

Nadie parecía esperar en Turquía un golpe militar, sin caceroladas previas, ni marchas de la oposición, ni siquiera ruido de sable audible en los cuarteles.

Tal vez tampoco Erdogan, un líder más pragmático que ideológico, que siempre ha pretendido anticiparse a los movimientos de sus rivales. “Tayyip solo cree en Alá... pero no se fía ni de Dios”, le confesaba hace años al embajador de Estados Unidos en Ankara un estrecho colaborador del Primer Ministro de Turquía en un cable diplomático desvelado por WikiLeaks. Erdogan se crió en el barrio de Kashim Pahsa de Estambul, donde había que pelear para sobrevivir en la calle. Hoy el estadio de fútbol del distrito lleva su nombre. Quién sabe ahora si el nuevo gran aeropuerto internacional que se construye en la actualidad al nororeste de Estambul será bautizado en homenaje a su memoria.

Nacido en 1954 en Rice, a orillas del mar Negro, su familia pronto se trasladó a Estambul, donde el joven Tayyip fue jugador de fútbol aficionado. La leyenda urbana que se forjó en torno a su ascenso al poder asegura de vendía simit (rosquillas con sésamo por las callejuelas de su barrio), en la mejor tradición del hombre hecho a sí mismo. Hijo de una familia de emigrantes sin demasiados recursos, estudió en un imam hatip, o liceo coránico, antes de graduarse en Economía en la Universidad del Mármara. Sus detractores cuestionaban hace poco que pudiera pasar del “seminario” a la facultad, lo que las leyes educativas de su época no autorizaban.

Militante del Partido del Bienestar de Necmettin Erbakan, el padre del islamismo político en Turquía fue elegido alcalde de Estambul en 1994, donde aplicó un programa de reformas y modernización urbana y de lucha contra la corrupción. Pero su militancia islamista acabó entonces con su carrera política. Erdogan fue encarcelado y condenado a inhabilitación para ocupar cargos públicos por haber leído un poema islamista que rezaba: “Nuestras bayonetas son los minaretes”. El partido de Erbakan fue ilegalizado después del llamado golpe de Estado militar posmoderno (en el que los tanques no salieron a las calles) de 1997.

Pero el curtido político de Kashim Pasha sobrevivió también al ostracismo, y tras moderar su mensaje, fundó el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), con el que ha gobernado hasta ahora como primer ministro y como presidente cuasiejecutivo. Tras haber iniciado el proceso para la adhesión de su país a la Unión Europea, se empeñó en apartar del poder civil a los militares, que han protagonizado cuatro golpes de Estado a partir de 1960.

Los mandatos de Erdogan se han caracterizado por la polarización de la sociedad turca, dividida entre sectores religiosos y laicos, que tuvo su máxima expresión en los disturbios protagonizados por miles de jóvenes en el verano de 2013 que estallaron en el parque de Gezi de Estambul. Grupos como el que dirige el influyente imán Fetulá Gülen, exiliado en Estados Unidos, al frente del equivalente a un Opus Dei Islámico le apoyaron en su ascensión al poder, antes de darle la espalda por su deriva autoritaria. Al enfrentrarse el pasado viernes al mayor reto como líder político, Erdogan no vacilaba en acusar al “Estado paralelo”, como suelo calificar a los gülenistas, de estar detrás del pronunciamiento militar más importante en Turquía desde 1980. 

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