Columnistas

El supremo destino de Bolivia

Debemos volver a ser la nación que fuimos, la Bolivia dueña de su puerta de calle y de su destino

La Razón (Edición Impresa) / Windsor Paco Gonzales

00:32 / 08 de octubre de 2015

El pasado de nuestra amada Bolivia está signado por el infortunio y la desgracia, encerrados entre nuestras montañas, sometidos vilmente al arbitrio de Chile para llegar pidiendo permiso a las costas que un día fueron nuestras. Viril expresión de repulsa nace de los corazones bolivianos, pero se ha dejado atrás el pasado, consagrados todos los esfuerzos a nuestra madre común, más amada cuanto más desventurada, y esos esfuerzos supremos deben converger en un solo objetivo que una las todavía discordantes regiones de Bolivia, un solo horizonte que unifique la esperanza y la fe nacional en un mejor destino. Debemos volver a ser la nación que fuimos, la Bolivia dueña de su puerta de calle y dueña de su destino.

Ese supremo idealismo debe unirnos ahora más que nunca, la gran herida de Bolivia debe sanar de una vez y definitivamente. No es un idealismo o chauvinismo barato el que propugnamos, es, como decía el gran defensor de los derechos de Bolivia don Fernando Díez de Medina, “una conciencia de responsabilidad ante el destino adverso, consigna de nación y fuego sagrado de Patria”, que aunque algo débil en el presente debe avivarse más que nunca por las brasas de nuestro sincero y más puro patriotismo, lo que nos conducirá al ideal por tantos años soñado, la restitución soberana de Bolivia a las costas del Pacífico.

Pero no con corredorcillos inservibles, como solución artificial, esto sería un error político y una imprevisión histórica. Porque, oídlo bien pueblo de Bolivia, ¡tarde o temprano el Perú ha de recuperar Arica y Tarapacá, y tarde o temprano Bolivia volverá a su litoral! Si bien será muy difícil por ahora recuperar los 400 kilómetros de costa que un día tuvimos, al menos una parte de ello será tal vez posible; necesitamos al menos una costa con 50 km lineales, conectados al interior por una faja de territorio de la misma extensión, y debe ser en algún punto de nuestro antiguo y querido departamento del Litoral.

Otra cosa no satisfaría la sed de justicia que clama el alma de Bolivia y las almas de las generaciones enclaustradas, esas almas nos acompañan en este tiempo de esperanza. La gran herida de Bolivia que sangra por más de un siglo, ante la impotencia de nosotros sus hijos, debe darnos fuerzas y la suprema voluntad para lograr al fin el gran objetivo. Acerquémonos a manar de ella la fuerza y coraje que necesita nuestro pueblo para enfrentar el infortunio. Echemos por los suelos la falacia de que somos un pueblo vencido. Nuestro viril patriotismo grita a los confines de la tierra. Ciertamente somos un pueblo infortunado, acosado por la desgracia, ¡pero jamás un pueblo vencido! La melancolía, el lamento y la quietud cesen de una vez por todas. Bolivia, nuestra santa madre, no es más la cenicienta del continente.

Ahora pedimos con voz clara y fuerte, pero también con sublime decisión, lo que nos corresponde. Bolivia mantiene su derecho irrenunciable al patrimonio que le fue arrebatado. No es la hora de los festejos ni de la espera quieta, estéril, es la hora de la espera creadora edificadora. La victoria final, en la que creo con todo mi corazón, está en nuestras propias manos, ella acude a los pueblos que se atreven a desafiar al infortunio y se acrecientan con él. Mare nostrum, mare sacrum decía el gran escritor antes mencionado, “Mar nuestro, mar sagrado” que éste sea, pues, nuestro primer pensamiento al despertar y nuestra última plegaria al cerrar los ojos, que sea un baño de honestidad y el impulso para la superación personal que contribuye a la causa común. ¡El mar, el mar, el mar! amado, soñado, ausente y desgarrador. El mar perdido de los antepasados, el mar recuperado para los hijos y los nietos, porque sé que como yo hay muchos jóvenes dispuestos a cualquier sacrificio por Bolivia, he ahí el supremo destino que aguarda a Bolivia.

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