Columnistas

El tamaño importa

Hacemos escándalo por pequeñeces y dejamos que la Provi-dencia se encargue de lo importante

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:03 / 27 de junio de 2012

Hubo una época en que se decía que “lo pequeño es hermoso”, en rebeldía frente a las tendencias que magnificaban la política, el arte, los procesos sociales y cualquier tipo de esfuerzos. Reconocer y permitirse encontrar la belleza de lo pequeño, se suponía, ayudaría a superar la idea de que todo gesto humano, para ser reconocido, requería enormes monumentos y disparatados proyectos. Los movimientos hippies y los movimientos feministas, entre otros, llamaban a las personas a reencontrarse con las pequeñas cosas de la vida, como disfrutar de la naturaleza y prestar atención a la magia de la vida cotidiana.

No se puede desconocer el valor de esos “descubrimientos”, que son novedades sólo para alguna gente privilegiada, porque, para la mayoría de la población (principalmente trabajadores y mujeres),  la vida cotidiana no está llena de magia, sino de un trabajo invisible, permanentemente acumulado y poco y mal reconocido. Ya lo dijo el viejo vals: “quien no fue mujer ni trabajador, piensa que el ayer fue un mundo mejor”.

Parece, sin embargo, que en Bolivia se nos está yendo la mano con eso del tamaño. De hecho, preocupaciones, intereses, declaraciones, demandas de sectores y, sobre todo, respuestas y gestiones del Gobierno adolecen de una desproporción llamativa: hacemos escándalo por pequeñeces y dejamos que la Providencia se encargue de lo importante.

Hay varios botones de muestra. Dejar que los conflictos sumen, sigan y crezcan, con la ¿ingenua? creencia de que se desinflan o se resuelven solitos. Lo mismo hizo el segundo gobierno de Sánchez de Lozada, y miren cómo acabó.  Achacar todos los males a la oposición, negándose tozudamente a reconocer los propios errores, por lo tanto autoeliminando cualquier posibilidad de enmendarlos. Exigir “hasta las últimas consecuencias” lo que se cree corresponde al sector, grupo u organización, sin mirar el conjunto, sin respetar los derechos de los otros y sin visión de país (el síndrome del yo, sólo yo).

La condecoración de la pequeñez se la lleva el Gobierno, que inventa ritos, feriados y trajes autóctonos de diseño fusión; busca pelea a los vecinos y se queja porque no lo saludan o le sacan la lengua; escarba en las cuentas de la caja chica de quienes les cae mal; cambia los nombres de las mismas instituciones que siguen funcionando con los mismos problemas y, la perla, descubre golpes de Estado y maquinaciones imperialistas, satánicas e intergalácticas. Todas esas cosas pequeñas consumen una energía que podría usarse para atender los temas de fondo,  cumpliendo las tareas para las que fueron elegidos: vender mejor nuestros recursos, encaminar procesos (hasta ahora fallidos) de industrialización, frenar la corrupción, garantizar los derechos humanos de la gente, hacer que funcionen las instituciones y leyes que con tanta pompa bautizaron en la nueva Constitución Política del Estado…

La lista es larga (como vemos, el tamaño está en todo) y las tareas pendientes podrían seguirse enumerando en la misma proporción en la que se pueden mencionar proyectos de bagatela. Si la hermosura de lo pequeño deslumbró a la revolución del 68, a las del siglo XXI les vendría bien saber que, finalmente, la memoria recuerda a los líderes por la grandeza de sus actos, no por sus pequeñeces.

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