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La tasa de interés

La tasa de interés es un indicador que provee señales sobre las decisiones de los agentes económicos

La Razón / Alejandro F. Mercado

02:35 / 17 de agosto de 2013

Lamentablemente es común escuchar a algunos economistas recomendando la necesidad de presionar a la caída de la tasa de interés, sea mediante políticas monetarias o regulaciones impuestas sobre el sector financiero, con el objetivo, dicen, de revertir o prevenir una recesión. Aunque probablemente tengan buenas intenciones, la no comprensión de cómo funciona el sistema conduce a que la implementación de sus recomendaciones no sean la solución, sino el origen de los problemas.

La tasa de interés es un indicador, ni más ni menos que un termómetro, cuya utilidad es proveer las señales sobre las decisiones de los agentes económicos, como el termómetro simplemente da cuenta de la temperatura.

Cuando los inversores ven que la tasa de interés se reduce, ello les informa de que los consumidores han aumentado su tasa de ahorro, con la intención de priorizar el consumo futuro sobre el consumo presente. Como respuesta a esta señal, los empresarios trasladan sus factores productivos hacia la producción de bienes de capital, lo que encarece su precio, junto a una caída en la producción de bienes de consumo que, más temprano que tarde, se traducirá en una elevación del costo de vida.

A mediano plazo, la producción de las nuevas inversiones, generada por la engañosa tasa de interés reducida, no tendrá compradores y el nuevo capital quedará ocioso, como prueba clara del despilfarro que se incurre cuando se intenta controlar la economía, cuando se presiona a una caída de la tasa de interés por debajo de su nivel de equilibrio walrasiano. La economía caerá irremediablemente en una recesión o, para utilizar el eufemismo ahora de moda, se presentará una desaceleración del crecimiento.

El origen de esta concepción errónea del funcionamiento del sistema económico lo encontramos más de medio siglo atrás, cuando se pensaba que las fluctuaciones de la inversión eran la causa de las recesiones, siendo más bien que son su consecuencia. Se pensaba que los empresarios, de un día para otro, dejaban de invertir. Como no había razón real que explicase este comportamiento, se recurrió al expediente de los “animal spirits”, es decir, que la causa de la crisis era el estado de ánimo o el humor de los empresarios, lo cuales, extrañamente, habían sido atacados por alguna infección o algo parecido, que los conducía a que todos se equivocaran simultáneamente en la misma dirección y, lo que es peor, que todos comentan los mismos errores que podían ser evitables, tal cual si la infección los hubiese vuelto tontos a todos de la noche a la mañana.  

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