Columnistas

La tentación brasileña

Gran parte del milagro brasileño se debe al alto grado de profesionalismo de su diplomacia

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:00 / 18 de febrero de 2012

Gran parte del milagro brasileño se debe al alto grado de profesionalismo de la diplomacia que emana del súper Estado instalado en Itamaraty. Porque ni la cohesión social que se fortaleció con la gestión de Lula ni el crecimiento incesante de su economía, impulsada por sus dinámicos empresarios, hubiese alcanzado éxito sin la apertura al mundo que, rompiendo barreras y salvando prejuicios, protagonizó su locomotora diplomática. Esa línea de constancia en la persecución de sus objetivos primordiales, que se inició el siglo pasado bajo la singular ejecutoria del Barón de Río Branco, su epónimo canciller, continuó desde entonces con seriedad y perseverancia, incluso superando la noche negra del interregno militar (1963-1985), que empañó temporalmente el prestigio de la federación.

Brasil, como ningún otro Estado moderno, ha comprendido que no se puede hacer diplomacia sin diplomáticos y que ese oficio no se improvisa si no que se educa, se forma, se lo esculpe en substancia y en apariencia. Esos soldados para la paz colaboraron decisivamente para ubicar al Brasil como la sexta economía del mundo, por encima del Reino Unido y sólo debajo de los mastodontes chino y americano, de Alemania, Japón y Francia.

Naturalmente, resulta más fácil vender la imagen de un país que en los últimos años ha posibilitado que 28 millones de brasileños superen el nivel de la pobreza extrema y que otros 39 millones hubiesen ingresado galanamente en las clases medias. Esa proeza se completa, además, con una de las tasas más bajas del desempleo en el mundo.

A sus ingentes riquezas naturales,  con una agricultura altamente tecnificada, la diosa fortuna le ha regalado hace unos meses el descubrimiento de nuevas capas de gas y de petróleo, que convierten al Brasil en una potencia petrolífera, y a Petrobras (su audaz agencia hidrocarburífera), en la segunda más importante de la Tierra. Todo ese prodigio está enmarcado en el impecable ejercicio democrático y el riguroso Estado de derecho, respetado por presidentes izquierdistas que inspiran confianza en los inversionistas que afluyen en cascada cargados de  moderna tecnología y de sus holgados capitales.

Con semejantes credenciales, Brasil ha ingresado al exclusivo club del G-20 (donde sólo México es el otro socio latinoamericano). Firme candidato a ocupar un sitio permanente en el Consejo de Seguridad, Brasil (conservando cercanos vínculos con Washington) posee la sagacidad y el aplomo de adoptar una conducta de integridad moral en la plataforma internacional. En la región, sustenta la Unasur y apoya la creación del Celac, foros donde Estados Unidos está ausente. Mantiene estrechas relaciones con Cuba, inclusive financiando la construcción del Puerto de Mariel sobre el Caribe.

En los temas candentes de actualidad, la frustrada mediación turco-brasileña en el diferendo nuclear que confronta Irán con Occidente no impidió que Brasil se abstuviese cuando en el Consejo de Seguridad se aprobaba la resolución 1973, porque consideró que detrás del pretexto de proteger la población civil en Libia se escondían propósitos innobles como el derrocamiento de Gadafi para la obtención de ulteriores contratos petroleros.

Consciente de que el poder económico global se trasladará al Pacífico, su meta geopolítica inmediata es llegar hasta allí, a través de los corredores bioceánicos en gestación,  que ventajosamente atravesarán territorio boliviano. De ahí la influencia que requiere consolidar en Bolivia.

Entretanto, Chile se esmera en ofrecerse como su agente en las costas pacíficas, para relegar a Bolivia como mero país de tránsito. Esa condicionante podría explicar el empeño gubernamental de abrir la carretera a través del TIPNIS y en acelerar el derecho de salida al mar. No sería muy quimérico pensar en un megapuerto brasileño implantado en un enclave boliviano. Engarzar los intereses geopolíticos del poderoso vecino con las aspiraciones nacionales son medidas consonantes que merecen estudiarse.

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