Columnistas

De la tergiversación a la falsedad pura y dura

La omnipresencia de las mentiras es un reflejo de la personalidad del hombre en lo más alto.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

09:34 / 19 de marzo de 2017

Resulta que el fiscal general, Jeff Sessions, mintió durante las vistas de confirmación, al negar que se había reunido con funcionarios rusos durante la campaña de 2016. El hecho es que se reunió dos veces con el embajador ruso, que según dice todo el mundo es también un importantísimo jefe del espionaje. Y dicho sea de paso, si esta noticia no hubiese salido a la luz, obligando a Sessions a recusarse a sí mismo, éste habría supervisado la investigación sobre la intromisión rusa en las elecciones, posiblemente en connivencia con los responsables de la campaña de Trump.

Pero no nos centremos demasiado en Sessions. Después de todo, también forman parte del Gobierno Scott Pruitt, administrador del Organismo de Protección Ambiental, quien mintió en el Congreso sobre el uso que hizo de una cuenta privada de correo electrónico; Tom Price, secretario de Salud y Servicios Humanos, quien mintió sobre un trato de favor para la compra de acciones rebajadas de una empresa biotecnológica; y Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, quien afirmó falsamente ante el Congreso que su empresa financiera no había firmado documentos de ejecuciones hipotecarias sin comprobarlos antes, apropiándose de casas sin el debido estudio previo. Y habrían prestado sus servicios con Michael Flynn como asesor de seguridad nacional, si no fuera porque Flynn se ha visto obligado a dimitir a raíz de que la prensa revelase que, al igual que Sessions, había mentido sobre sus contactos con el embajador ruso.

A estas alturas, resulta más fácil enumerar a los altos funcionarios de Trump a los que no se ha pillado mintiendo bajo juramento que a los que sí. Esto no es una casualidad.

Quienes critican nuestra cultura política siempre se han quejado, con razón, de la adicción de los políticos a la tergiversación, su inveterada costumbre de restar importancia a los hechos incómodos y presentar sus actos bajo una luz mucho más favorable de la que merecen. Pero todo apunta a que la era de la tergiversación se ha acabado y ha comenzado una era de falsedad pura y descarada.

En parte, por supuesto, la omnipresencia de las mentiras es un reflejo de la personalidad del hombre en lo más alto: ningún presidente, de hecho ni ninguna figura política estadounidense destacada de la clase que sea, ha mentido con tanta libertad y frecuencia como Donald Trump. Pero no se trata solo de Trump. Su capacidad para salir impune, al menos hasta ahora, exige la ayuda de muchos intermediarios: casi todos los funcionarios de su partido elegidos democráticamente, una gran parte del electorado y, demasiado a menudo, muchos medios informativos.

Es importante no caer en un cinismo fácil y decir que los políticos siempre han mentido y siempre mentirán. Lo que estamos presenciando con Trump está, sencillamente, en un plano diferente del de cualquier cosa que hayamos visto antes. Para empezar, las mentiras descaradas de los políticos antes se limitaban a asuntos difíciles de comprobar, como líos ocultos, pactos bajo cuerda y demás. Pero ahora tenemos al hombre que organizó el concurso de Miss Universo en Moscú hace tres años y que el año pasado, sin ir más lejos, afirmó “conocer bien Rusia”, pero que el mes pasado declaraba: “Hace 10 años que no llamo a Rusia”.

En lo tocante a las medidas políticas, los políticos restringían su tergiversación de los hechos y las repercusiones a afirmaciones relativamente difíciles de verificar. Cuando George W. Bush insistía en que sus rebajas de impuestos beneficiaban principalmente a la clase media, no era cierto, pero había que hacer muchas cuentas para demostrarlo. Trump, sin embargo, hace afirmaciones como la de que la tasa de homicidios (que subió en 2015, pero sigue siendo aproximadamente la mitad que en 1990) es la más alta de los últimos 45 años. Además, sigue repitiendo esas afirmaciones después de que se haya demostrado su falsedad.

Y la pregunta es: ¿quién va a detenerle? La vacuidad moral de los republicanos del Congreso, así como la escasa probabilidad de que ejerzan algún control sobre el Presidente, quedan más patentes cada día que pasa. Incluso la posibilidad real de que nos encontremos ante una subversión del orden establecido por parte de agentes de una potencia extranjera, y de que nuestros altos funcionarios participen en ella, no parece perturbarlos, siempre que puedan conseguir bajadas de impuestos para los ricos y recortes de ayudas para los pobres.

Mientras tanto, los que votaron en las primarias republicanas, que son los auténticos árbitros cuando los distritos polarizados o manipulados hacen que las elecciones generales no cuenten para muchos políticos, viven en la burbuja de noticias Fox en la que jamás penetran las verdades molestas.

¿Y qué hay del cuarto poder? ¿Nos defraudará también? Para ser justos, las primeras semanas del gobierno de Trump han sido días gloriosos para el periodismo, en aspectos importantes; hay que elogiar la profesionalidad y la valentía de los periodistas que han sacado a la luz los secretos que esta camarilla de mentalidad autoritaria está tan decidida a ocultar. Pero luego vemos cosas como la forma en que muchos medios de comunicación reaccionaron tras el discurso de Trump en el Congreso, y uno se desespera. Fue un discurso lleno de falsedades y propuestas políticas perversas, solo que leído tranquilamente con una ayuda electrónica. De repente, todo el mundo calificaba de “presidencial” al mentiroso en jefe. La cuestión es que, si eso es lo único que hace falta para exonerar al hombre más falso que jamás ha ocupado un alto cargo en Estados Unidos, estamos condenados. Esperemos que no vuelva a pasar.

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