Columnistas

Para terminar con el enigma Salinger

¿Qué diablos hizo Salinger en cuanto a literatura en esas largas décadas de ostracismo?

La Razón / Wálter I. Vargas

02:25 / 24 de agosto de 2013

Para septiembre próximo está programado en EEUU (y poco después en España) el lanzamiento de una biografía y una película del celebérrimo J. D. Salinger (1919-2010). Un periodista apresurado bromeó involuntariamente al señalar, en cuanto al libro, que se trataba de la “primera biografía definitiva” del autor; pero aunque parezca chiste, es posible que así sea, tanto barullo ha generado siempre este escritor norteamericano.

En cuanto a la película, he podido ver el tráiler en la red, y como era de esperarse, un ingrediente infaltable de la venta del charque (o el meollo del asunto, en realidad) son los 40 o más años de desaparición voluntaria del escritor, huyendo del vertiginoso éxito que le acarreó El guardián en el centeno. Otro es, por supuesto, que uno de los centenares de millones de lectores de esta novela haya matado a Lennon. Toda una parafernalia adecuada para lo que George Steiner llamó en los tiempos de la mayor efervescencia salingeriana (los años 60), “la industria Salinger”. En resumen: una operación de marketing de alto vuelo, como corresponde al mundo literario actual.

En cualquier caso, al margen de si Salinger maltrataba a sus mujeres, al margen de si vivía sin luz ni agua, de si fungía de leñador en tal o cual lugar o se entregó finalmente al budismo, la pregunta de los lectores que admiramos su obra es, desde luego, qué diablos hizo en cuanto a literatura en esas largas décadas de ostracismo. Y sobre esto los anuncios sólo señalan elusivamente que en efecto parece haber dedicado su retiro a la escritura. Es dudoso, se ha dicho, que habiendo redactado algo de envergadura o importancia, no haya salido ya al aire; tiene sentido. Por ello creo que cabe al respecto una composición de lugar plausible para dormir tranquilos en cuanto al famoso enigma Salinger: que escribió y escribió mucho, pero igualmente fue desechando lo que producía, ante la evidente declinación de sus virtudes artísticas.

Ésta no es una hipótesis que lanzo alegremente. Es algo que han observado algunos críticos y lectores perspicaces de su obra: a medida que Salinger se fue involucrando más y más en la idea de la saga familiar Glass (la historia de los siete niños genios que aparece dispersa astutamente en varios relatos), fue perdiendo seguridad o se enredó en lo que estaba haciendo.

Formalmente este paso es claro en la transición del cuento corto narrado en tercera persona al soliloquio monomaniaco del alter ego narrador de Salinger: Buddy Glass, el segundo hermano (que nace, como se sabe, en 1919, como su creador, y como él, tiene todas las trazas de un escritor inseguro aunque no carente de genio). Basta comparar ese largo dorso narrativo que es Seymour: una introducción, uno de los últimos que escribió, con los mejores de los Nueve cuentos (El tío Wiggily en Connecticut, Un día perfecto para el pez banana), o Franny, o Levantad carpinteros la viga maestra. Hay una diferencia de calidad y eficacia artística notables.

En todo esto tiene mucho que ver también el desarrollo de lo que en otro lugar, nunca publicado, he llamado la pederastia filosófica y religiosa de este autor; es decir, el tema principal de la obra de Salinger: la alharaca orientalista, budista, neocristiana, etc., concentrada obsesivamente en la infancia como refugio de una humanidad no corrompida, de moda esos años 60 en el primer mundo y también en el nuestro (aunque una pizca después, como siempre).

En fin, me gusta imaginar que semejante “talentudo” literario como fue Salinger se retiró para encarar finalmente una obra de mayor calado (una gran novela) que aproveche las enormes riquezas que demostró en sus mejores cuentos (y que le haya ido mal). Pues todos esos lindos relatos dejan nomás la sensación de ser anticipos o abrebocas de algo más grande, digno de sus dotes literarias.

En la retirada de Salinger del mundo visible había nomás un gesto antisistema. Pero ante la danza millonaria que están moviendo estos dos nuevos productos (biografía y película), no queda más que mover la cabeza escépticamente. Como dice la nueva izquierda: otro mundo es posible (siempre y cuando ese otro mundo también sea capitalista).

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