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La teta que se muerde la cola

Juli es mucho más compleja que dos tetas de silicona, por muchas carretas que pueda tirar con ellas

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:14 / 06 de enero de 2016

Juli era Julia antes de operarse las tetas. Trabaja en una tienda de lencería de mala muerte de Buenos Aires. Su marido “wannabe” quiere una mujer trofeo y ella desea verse distinta, poderosa, sexi, irresistible. Juli cree que el buen sexo no existe, o peor aún, cree que es el recuerdo de una revolcada etílica o que lo venden en cualquier tienda. Juli no sabe quién es. Ni tampoco lo que quiere hacer con su vida. Y por eso se pone unas tetas de silicona para su vida de mentiras. Y por eso se coloca para el placer de otros unas lolas de mentiras para su existencia de silicona. Entonces, de la noche a la madrugada, las tetas le cambian la vida.

Canjea cicatrices, dolor e insensibilidad mamaria de por vida por miradas y “piropos” callejeros. Se convierte en esa perra que tanto odiaba. Y entiende por fin que no se ha metido plástico en su cuerpo ni para su marido, ni para todos los hombres de la Tierra, sino por ella, para el placer de sentirse otra. Para decirse a sí misma en el espejo: “no sé”, “no puedo”, “no entiendo”, “¿me ayudas?”.

Juli es de esas personas que cree que el tamaño de las tetas es inversamente proporcional al coeficiente intelectual. Su vida mejora, se viste de blanco para destacar, levanta la cola para compensar y sus tetas abren puertas que antes se cerraban.  Tiene unas tetas que le hacen sentirse sexualmente deseable, y en la tienda de lencería “hot” vende la ficticia sensación de mejores tetas a otras mujeres que quieren sentirse sexualmente deseables.

Pero la silicona vence y su nueva vida tiene fecha de caducidad. De repente, el marido aburrido (valga la redundancia) se cansa y pide sus tetas de vuelta. Juli toca fondo. Tiene que devolver las tetas a su ex. O sea, necesita plata para sacarse los implantes o para no sacárselos: el círculo vicioso de las tetas está completo, es la teta que se muerde la cola. Necesita sostener la ficción de sus tetas a costa de mendigar por sexo del ayer. Y no tiene mejor idea que acudir al famoso y patético crowd founding, la caridad cibernética de hoy en día. Será una prostituta de pago devengado, cobrará por sexo del pasado a sus examantes y los contactará por Facebook. Entonces se odiará más aún a sí misma... hasta que aparece el amor del viejo cuate que escuchará sus desgracias estoicamente. Lolas es la muerte y resurrección de una extetona. Es una novela corta (se lee en un vuelo Tarija-La Paz) o un cuento largo. Es el último premio X de Novela 2015, publicado en Bolivia por la editorial El Cuervo.

Es un relato estilo revista Cosmopolitan con final cursi y oda al amor (“ese lugar feliz al cual volver, ese olor de lo conocido, esa ansia de elegir volver una y otra vez al mismo lugar, esa cotidianeidad soñada”). Lolas es un pasatiempo literario ágil y con humor, sin pretensiones, sin personajes dibujados, salvo unas tetas con las cuales conversar. Es un ejercicio de taller literario. Es una canción de Arjona: quiere calentar y entretener, pero no encuentra tu punto G: su estilo es de sketch y videoclip (la autora viene del mundo audiovisual); su humor, de monólogo amateur; un kleenex “postmo”. 

La vida sucia e hiperrealista de Juli se va entre los dedos de la premiada escritora argentina Flor Canosa. Su personaje la supera, le es desconocido, su terrible conflicto interno es desaprovechado y el relato se hace tan plano como sus tetas de verdad. Juli es mucho más compleja que dos tetas de silicona, por muchas carretas que pueda tirar con ellas. La idea estrafalaria de la novela engancha, pero si el personaje principal es apenas un garabato (del resto, no hay “noticias”), todo se queda en el camino.

Lolas promete, pero está a medio hacer. Es de silicona, a primera vista-leída, te llama, como una teta falsa, pero luego vuelve a ser un cuento con planicies y todo se cae, como las lolas de Juli que deja de llamarse así para volver a simplemente Julia.

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