Columnistas

El tiempo de las cosas

La Razón / Máscaras y espejos - Fernando Mayorga

02:55 / 29 de enero de 2012

El avión está a punto de levantar vuelo. Una voz anuncia el estado del tiempo y la duración del viaje: 30 minutos. El niño pregunta con curiosidad metafísica: “¿30 minutos es poco o mucho tiempo?”. La madre, pura sabiduría con tono oriental, aclara las dudas de la mejor manera: “es mucho tiempo si estás en misa, y poco tiempo si es una fiesta”, “dura mucho si estás callado, y poco si estás charlando”. Así de claro. Y, entonces, se me vienen a la mente otros contrastes en onda de relativismo: 30 minutos dura un siglo si escuchas a Julio Iglesias y un soplo de vida si canta Chavela Vargas; es insoportable cuando se espera en una esquina, y fugaz en tiempo de despedida. Cosas así.

Y yo, que estoy leyendo un libro de Joe Migdal sobre Estados débiles y Estados fuertes, pienso que es la manera adecuada para reflexionar sobre el segundo aniversario de nacimiento de la transición al Estado Plurinacional… que no es lo mismo que el inicio del séptimo año de gobierno del MAS ni el comienzo del tercer año de la segunda gestión presidencial de Evo Morales. Tampoco el Estado tiene la misma catadura si pensamos en las características de su presencia territorial, en su capacidad para ejercer soberanía, porque su presencia y capacidad varía a medida que nuestra mirada se aleja del eje troncal y se dirige hacia las fronteras; además, en cada frontera la imagen es distinta y esa diferencia resalta cuando se compara la autoridad del Estado boliviano con la “presencia” estatal del país vecino apenas cruzamos la línea divisoria. Algo similar acontece con las relaciones de los grupos de la sociedad y el Estado que presentan diversos grados de fuerza/debilidad estatal de acuerdo con la fuerza corporativa de un sector social o su participación en la coalición que controla el Gobierno. Relaciones que, obviamente, no son estáticas.

Una simple comparación del tipo de lazos entre el Estado y el movimiento indígena (pre y pos TIPNIS) y las relaciones de los empresarios con el Gobierno (en la primera y segunda gestión gubernamental) ilustra este aserto. La figura que usa Migdal es inquietante: Zeligt, el personaje de la película de Woddy Allen del mismo nombre. Inquietante y exacta, porque ese personaje se adapta a su entorno como un camaleón, adopta los rasgos de las personas que lo rodean para ser aceptado, se mimetiza para adecuarse al contexto. Es decir, es resultado del haz de relaciones en el que se sitúa. Y eso vale para el Estado, el poder y, también, la identidad (a propósito del Censo y su boleta, si no quieren que se incluya la opción “mestizo”, entonces que se ponga “Zeligt” y asunto cerrado/abierto).

Con estas reflexiones al vuelo debe discutirse en torno a la construcción del Estado Plurinacional en clave de transición y prestando atención al tempo, no al tiempo, sino al ritmo de las transformaciones políticas e institucionales. Y esa secuencia no es arbitraria, porque la política como espacio de poder registra los cambios más evidentes con la renovación de élites desde diciembre de 2005. Igualmente profundas son las transformaciones institucionales que se condensan en la nueva Constitución Política del Estado puesta en vigencia recién hace dos años y es preciso recordar que las instituciones son (sobre todo) normas, reglas, pautas, leyes no sólo aparato gubernamental. Los cambios políticos se dieron en la cúspide de la trama estatal donde se toman las decisiones y su ejercicio es visible. La reforma constitucional fue total y abarca todos los ámbitos de la vida social con la formulación de normas que pretenden racionalizar las conductas individuales y colectivas. Por ende, su aplicación es lenta y sus efectos son variados y a diversas escalas. No hay un antes y un después y el tiempo transcurrido es largo y es corto, porque una transición es pasado vigente, presente abierto y futuro incierto.

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