Columnistas

Esta tierra inocente y hermosa…

En ese tiempo, el récord de corrupción ha superado a los gobiernos de todos los matices

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia Quiroga

09:14 / 13 de octubre de 2019

La séptima estrofa del Himno Nacional de Bolivia nunca se la canta, dice: “Esta tierra inocente y hermosa/ que ha debido a Bolívar su nombre/ Es la patria feliz donde el hombre/ goza el bien de dicha y paz”. No sabemos qué estaba pensando el autor, el abogado chuquisaqueño José Ignacio de Sanjinés, cuando escuchó los versos que él mismo compuso, y que se estrenaron en 1845, en el Teatro Municipal, durante el gobierno del general José Ballivián, con fondo musical compuesto por Benedetto Vincenti.

Indudablemente el territorio boliviano es de una belleza destacable. País de poderosos contrastes, aislado internamente por las montañas de las cordilleras Real y de los Andes, y encajonada por el escudo brasileño. Sobrevivimos a todos los conflictos con nuestros países vecinos, los cuales, a su turno, consideraban que la creación del Estado boliviano era una anomalía continental que debía balcanizarse. No fue así, hasta el día de hoy, dando tumbos extremos, todavía estamos aquí. Después de 37 años de vida democrática, podemos decir que los males persisten y que los políticos (con pocas excepciones) han sido perversos y malévolos. No estaban a la altura de la estética de la tierra y lejos de la mística que fomentaba Franz Tamayo, pero sí muy cerca de la inocencia de su población.

Estamos a escasos días de una nueva justa electoral, la mayoría de la población joven decidirá quién sigue al mando del Estado, pese a la indiferencia absoluta por enterarse de los programas de gobierno. La casi homogeneización programática no permite una nitidez ideológica, todos apuntan al centro, la oposición no quiere tocar los aciertos del oficialismo y la palabra privatización ha desaparecido.

En 13 años de gobierno hubo cambios profundos y eso es innegable. Pero también es irrefutable que en ese tiempo el récord de corrupción ha superado a los gobiernos de todos los matices; los actos de autoritarismo y manipulación judicial son vergonzosos; el matonaje contra los militantes críticos llega hasta a sus hijos; el grado de sumisión y adulonería al presidente candidato Evo es patético (si antes se volvían cholas para acceder al poder, ahora algunos simuladores se ponen poncho para hacerse a los indígenas).

Todos los candidatos, como era previsible, han enfocado su narrativa hacia el orden moral como escudo para confrontar al oficialismo, porque si en algo el presidente Evo fracasó rotundamente es en controlar los desmanes en las arcas públicas. A tal extremo ha llegado la corrupción que se ha asentado la práctica de la coima como algo normal; no existe una sola institución del Estado que no tenga en su gestión irregularidades, y esa es la razón para que de pronto aparezcan nuevos ricos.

El oficialismo tendría asegurado su triunfo en la primera vuelta si el despilfarro en el que cayó, seguramente atizado por los adulones, no hubiese atrapado la egolatría de su caudillo; si hubiese instruido la construcción de varios hospitales en vez de tirar millones de bolivianos en el Museo del silencio de Orinoca, donde solo se escucha la música del viento. Si hubiese tenido un arquitecto audaz e inteligente no habría levantado el monolito detrás del Palacio Quemado, destruyendo el patrimonio material de la ciudad. Lo habría construido en la acera este, donde todos los edificios patrimoniales pertenecen al Estado. Pero los contratos ya estaban fraguados y no podían volver atrás porque había unos dinerillos de por medio. Y así podríamos seguir, con una interminable lista de acciones sobre la infraestructura que ha generado una nueva clase híbrida enriquecida a costa de coimas.

Ante la embestida contra los recursos del Estado, es bueno recordar a los habitantes de El Alto cuando, en octubre de 2003, regaron con sangre el fin de una era y la recuperación del gas del que se beneficiaron muchos y se aprovecharon pocos. Como ocurrió con la revolución de 1952, el apoltronamiento y los pequeños bravucones enquistados en las oficinas públicas que se creen dueños de los dineros del Estado ocasionó que la clase desplazada vuelva sigilosamente al aparato del Estado. Eso ya sucedió, ahora nos toca decidir: o más de lo mismo o saltamos a la incertidumbre. La política es un negocio y ya no pueden aprovecharse de nuestra inocencia.

Edgar Arandia Quiroga

es artista y antropólogo.

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