Columnistas

En estas tierras lejanas

Las revoluciones nos cuestan mucho trabajo a los pueblos, muchas vidas, mucha energía.

La Razón (Edición impresa) / Julieta Paredes

00:00 / 21 de abril de 2013

Las revoluciones nos cuestan mucho trabajo a los pueblos, muchas vidas, mucha energía; y claramente no sólo es la energía del propio pueblo la que decide abrir los espacios de construcción. En esta tarea participa también la fuerza de los otros pueblos que apoyan y dan su buena onda, desde la esperanza y el entusiasmo. Sentimientos posibles porque los cambios y transformaciones se las hace siempre en relación con otros pueblos, sabiendo que no existe la isla de la fantasía y que una revolución cuesta mucho que se sostenga sola. Cuba es un valioso ejemplo de lo mencionado.

Los procesos históricos que vivió y vive el continente sin duda nos producen y nos produjeron sentimientos que convocan a las tejedoras de la vida, en sus fibras más íntimas y finas. Escuché las diferentes historias que nos cuentan las revolucionarias de los 60 y 70; cuando vibró el continente y nos emocionamos profundamente con la revolución cubana. Lo propio en Chile con Allende; y aunque cuesta un poco traerlo a la memoria, podemos ayudarnos con las canciones de Víctor Jara: “Te recuerdo Amanda la calle mojada...”, o de Pablo Milanés: “Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada...”.

 No obstante, sin lugar a dudas, la revolución Sandinista y el triunfo de Farabundo Martí fueron las revoluciones de mi generación. Ahí encuentro las lecciones de lo que es sostener una revolución cotidianamente, la vibra de que las utopías son posibles y que no se necesitaba ser adulto para ser un protagonista de la historia. Quienes llevaron adelante esas revoluciones eran chicas y chicos de mi edad. Sin embargo, duelen en el cuerpo los desastres de la corrupción, de la violencia sexual y de la pedofilia encubiertas del actual representante del Sandinismo, Daniel Ortega, una vergüenza.

En esta última etapa, el zapatismo y Venezuela fueron una incógnita para mí. Pero el pueblo venezolano se encargó de aclarar mi escepticismo hacia los militares. Quiero, no obstante, decir que la insurrección de octubre de 2003 y el proceso de cambio en nuestra amada Bolivia son los que más me han estremecido; y que este proceso es nuestro y no descansaré en aportar para que siga adelante.

Salir del país nos permite (me permite) tomar el pulso de lo que estamos construyendo, en medio de los sobresaltos de las policías de migración que siempre te hacen sentir que estás en alguna culpa por ser boliviana. Contactar con la gente que es solidaria con las luchas, es un buen ejercicio de reflexión y análisis. Les haría bien a quienes apoyan las revoluciones hacer una en sus propios pueblos, y no sólo consumir las nuestras. No puede ser que las revoluciones también sean desechables. Si la humanidad no aprende de estos intentos revolucionarios, entonces nos encontraremos desnudas, sin las experiencias suficientes como humanidad y siempre estaremos empezando de nuevo. Algo así como wawas frente a un viejo mañudo, cruel y cínico, que tiene bien catalogados y archivados sus aprendizajes en centrales de inteligencia agenciadas.

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