Columnistas

Las tortugas o la muerte

Jairo decía que la defensa de las tortugas baulas en el Caribe era una buena razón para morir

La Razón / Tribuna - Álvaro Murillo

00:00 / 07 de julio de 2013

Una vez lo apuntaron con una ametralladora y otras dos con un revólver, pero él decía que eran sólo intentos por amedrentarlo y que, en cualquier caso, la defensa de las tortugas baulas en el Caribe costarricense era una buena razón para morir.

Se llamaba Jairo Mora, era loco por las tortugas y amaneció el viernes 31 de abril asesinado en la misma playa donde competía contra los saqueadores ilegales de nidos de tortuga que extraen los huevos, un aperitivo para algunos y un potenciador masculino para otros. Lo encontraron desnudo y con un disparo en la cabeza, como si se tratara del cumplimiento de la amenaza recibida por tratar de proteger la riqueza natural de la provincia caribeña de Limón, una de las zonas más verdes de Costa Rica, un país de discurso ecologista y vocación por el ecoturismo.

Miles de extranjeros vienen a Costa Rica atraídos por el espectáculo de ver de los desoves nocturnos de las tortugas que desvelaban a Jairo, un joven de 26 años que estudiaba biología tropical en el tiempo que le quedaba libre como asistente de investigación de la organización Widecast. Detrás de las imágenes turísticas de una tortuga más grande que un humano promedio hay una historia violenta: el enfrentamiento de ambientalistas contra traficantes de huevos de tortugas, que también sirven de peones para las redes de traficantes de cocaína en una zona donde la Policía es casi un forastero más.

Eso era lo que decía Jairo Mora hace sólo cinco semanas. “Si un policía dice que nos apoya, está mintiendo”, se lee todavía en la libreta del periodista Esteban Mata, quien lo entrevistó tiempo atrás sobre su trabajo durante cuatro horas frenéticas en las que el joven ambientalista reveló que en su cabeza sólo entraba el tema de las tortugas baulas, las más grandes del mundo. Nada más, ni la seguridad propia, ni los cálculos, ni la riqueza económica, ni siquiera la fauna en función del turismo verde. Lo suyo era una competencia por llegar a los nidos antes que los saqueadores y tomar los huevos, pero para llevarlos a un criadero, de donde tres meses después podría sacar pequeñas tortuguitas para echarlas a andar al mar.

“Sí, da miedo, pero en la playa todo el mundo me conoce y sabe que me llamo Jairo”, dijo ese día sentado en la playa de arena oscura y gruesa, prensada entre el mar Caribe picado y el bosque espeso que sirve de escondites a animales y a humanos. Hablaba de una playa llamada Nueve Millas del pueblo de Moín, a sólo tres kilómetros del principal puerto costarricense, en la misma zona donde patrullaba con tres estadounidenses y una veterinaria española antes de toparse con una emboscada la noche del jueves 30 de julio. A ellas las retuvieron unas horas, pero a su guía entusiasta se lo llevaron a algún lugar antes de dispararle en la cabeza y tirarlo en la playa, como dejando un mensaje. Iban por él. Sabían que se llamaba Jairo. Hasta los había denunciado con nombres y apellidos en un reportaje en el diario La Nación a finales de abril.

El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) aún no certifica que el crimen obedezca a una venganza, pero  la opinión pública, manifestada en las redes sociales, no duda en asumir el asesinato como la represalia por su trabajo y, sobre todo, como la forma de eliminar de la playa a un activista obcecado que no cesaba de rogar por presencia policial en esta zona tan apta para el narcotráfico. No se callaba, no se medía en privado ni en público. Pedía ayuda policial, pero no para que lo protegieran de quienes lo amenazaban de muerte, sino para que ayudaran a espantar a los saqueadores. Este fue uno de los últimos mensajes que publicó, el 23 de abril, en su muro de Facebook: “Podrían enviar mensajes a la Policía para que vengan a la playa de Moín. Que no tengan miedo; sólo que vengan armados, no más. 60 tortugas perdidas y ni un solo nido. Necesitamos ayuda, y pronto”.

La Policía local dice que sí patrulla, pero no hay quién lo certifique en esta zona donde se mezcla la playa, el bosque, algunas mansiones acorazadas y ocasionales autos de lujo entre casillas a medio destruirse, distribuidas a los lados de la línea de un ferrocarril que ya no pasa. La pobreza abunda y motiva a muchos a trabajar para los narcotraficantes como baquianos, con ganancias ínfimas, robando los huevos de las tortugas (un dólar cada unidad).Todo esto lo narró Jairo al periodista Mata en su desenfrenada explicación sobre su causa ambientalista, cultivada desde los siete años, cuando salía a cuidar tortugas con sus vecinos de Cahuita, otro pueblo playero al sur de la región Caribe costarricense. Hasta el 31 de abril era el muchacho flaco y fibroso que trabajaba con la organización Widecast y con el centro de rescate de tortugas donde se alojan los voluntarios extranjeros. Era Jairo. Todos sabían su nombre.

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