Columnistas

La tragedia del camba

Los cruceños, en su afán de desarrollo económico, perdieron su identidad cultural

La Razón (Edición Impresa) / René Balderas Abolnik

04:32 / 28 de junio de 2014

Con la “pérdida” de Aldo Peña como ícono de la cultura cruceña (oriental) por haberle cantado al presidente Evo Morales, el pueblo de Santa Cruz se está dando cuenta de que su “élite” ya no tiene el poder ni la voluntad para mantener la ilusión de un antagonismo cultural con occidente. De hecho, esta estructura de poder ha sido absorbida por un nuevo, popular y democráticamente electo Estado Plurinacional, encabezado por el MAS.

Por la supuesta traición del mencionado cantautor apareció una retórica que trata de mostrar a un gobierno central con la misión de colonizar Santa Cruz, e imponer allí la cultura occidental boliviana. No es necesario evaluar la validez de esa acusación para saber que los sentimientos detrás de esas frustraciones son genuinos. Sin embargo, más allá de los sentimientos, Santa Cruz parece no entender que ha estado siendo colonizada y aculturada desde mucho antes de que Evo llegara al poder.

La cultura en el mundo moderno es la esfera ideológica del Estado y de las relaciones de capital, es la creación y la imposición de un consenso que determina qué imágenes y pensamientos son culturales. La tragedia de los cruceños es que, en su afán de desarrollo económico, perdieron su identidad cultural. La cultura, que es el escudo que protege las estructuras de poder de influencias tanto extranjeras como connacionales, ha estado erosionándose desde que empezaron a aumentar los anillos urbanos de Santa Cruz.

La mercantilización cultural es un efecto secundario de un cambio en las relaciones materiales, sociales y políticas: la explotación de identidades culturales erosionadas por parte de un público nostálgico que usa su poder adquisitivo en un último intento para restaurar algo que está totalmente perdido. La mercantilización cultural cruceña, el caso por ejemplo de la “Marca Santa Cruz”, ha tenido efectos desastrosos, porque en el mundo capitalista la cultura solo es un ornamento que se pone o se saca de escena, dependiendo de cuando es lucrativo ser autóctono.

Por ejemplo, el Sombrero de Saó es, sin lugar a dudas, un objeto cultural muy amado. Empero, gracias a la modernización y la influencia exterior, a esta prenda no le fue permitido evolucionar con los cruceños ni expandirse a los diferentes estratos sociales. Más bien se cristalizó en el tiempo como un objeto del campesino, que ahora es solamente usado como símbolo de una “cruceñidad” comercializada. Esta enajenación, provocada por la naturaleza urbanizadora del capitalismo, crea las condiciones para que estos objetos culturales puedan utilizarse sin evocar un significado real.

La lucha cultural boliviana entre sus regiones de oriente y occidente no es una lucha real, es más bien la simulación de una lucha librada en el reino de los símbolos e identidades. La verdadera lucha ya ha sido ganada por el Estado-nación sobre las élites regionales y por el consumismo sobre la cultura originaria. Aquellos que profesan la lucha intercultural pretenden utilizarla como un arma de movilización o mercantilización. Hay que sospechar de ambos, y en particular desconfiar de nuestra propia complicidad.

Entonces, quién fue responsable por la muerte del auténtico Camba: el cruceño, el nuevo combinado de la identidad de una ciudad cosmopolita. ¿Qué son las canciones de Gladys Moreno si no un réquiem colectivo a lo perdido? ¿Qué es nuestra Catedral Metropolitana si no la tumba de la vieja Santa Cruz; y nuestro Ventura Mall, el templo de nuestro nuevo mundo?

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