Columnistas

El transporte nostro

Mi interés es poner en mesa elementos que describen a la élite de la confederación de choferes

La Razón / Pablo Rossell Arce

01:03 / 06 de septiembre de 2012

Se acuerdan de Franklin Durán? el Franklin Durán que acaba de salir de la cárcel, donde entró luego de ser acusado de... privar de libertad a un colega chofer, sin agua ni alimento. Un colega de 61 años, para más datos. Sí, ése Franklin Durán. Para quienes aún no ubiquen de quién hablo, me permito recordarles que me refiero al destacado dirigente empresarial del transporte (curiosamente su organización se llama confederación sindical), aquel que ofreció tenaz batalla en contra del Decreto Supremo 420 hace un par de años atrás.

¿Qué no se acuerdan del DS 420? Es el decreto que promulgó el Gobierno con previsiones para sancionar a los choferes que manejen ebrios, ese. Y Franklin Durán es quien paralizó el transporte, con huelga de por medio. Sí, con una de esas huelgas de las que hacen los transportistas, regadas con alcohol y condimentadas a chicotazos, para los que osen desobedecer el mandato de la sacrosanta confederación patronal del transporte. ¿Siguen sin acordarse? Aquel Franklin Durán que perdió su licencia de conducir en 2004, porque fue encontrado por tercera vez conduciendo en estado de ebriedad.

Leyó bien, tercera vez. Seguramente por eso combatió tan ardientemente el decreto que sanciona a los borrachines. Pero basta con Don Franklin (¿qué rico, no? Bien caché suena “Don”... igual como le decían al protagonista de la novela de Puzzo). No quiero convertir esta columna en el encomio de semejante personaje tan particular. En realidad, mi interés es poner en mesa algunos elementos que describen a la élite del sector que nos ofrece cotidianamente el servicio de transporte que, francamente, no nos merecemos.

En primer lugar, expreso mi extrañeza por el nombre del gremio: Confederación Sindical de Choferes de Bolivia. Y nosotros acá estamos acostumbrados a que los sindicatos sean de los trabajadores, no de los patrones. Porque, explíquenme bien: ¿qué trabajador del volante puede trabajar, prosperar y continuar como dirigente si pierde su licencia de conducir, digamos, porque le pillaron por tercera vez conduciendo borracho? Para mí, ese logro sólo lo alcanza un transportista que no necesita licencia, porque hay otra persona con licencia que trabaja para él.

En segundo lugar, habida cuenta de que se trata de empresarios, está claro que no hablamos de gente de escasos recursos. Por lo tanto, otra cosa que suena rara es la cantaleta de los dirigentes, cada vez que extienden lastimeramente su mano al Gobierno, para que les subvencione la conversión a GNV; luego de lograrlo, vuelven a pedir subvención, esta vez para prestarse dinero para traer buses chinos; y así sucesivamente. Lo que se espera de un grupo empresarial es que reinvierta sus ganancias, no que el Gobierno le costee su reinversión. A todo esto, usar GNV en vez de gasolina multiplica —no reduce— las ganancias de los transportistas.

En tercer lugar uno espera que, tratándose de un servicio público, exista un mínimo nivel de regulación. Pero no, la confederación echa el grito al cielo cada vez que el Estado intenta regular condiciones básicas del transporte de pasajeros. Situación impensable en otros sectores de empresas que prestan servicios públicos. ¿Se imaginan que Entel, Tigo y Viva hagan huelga porque la ATT les regula sus tarifas?

Debemos reconocer que los empresarios del transporte son de una clase muy particular: pueden paralizar un servicio público, pueden tener dirigentes que se pasan la ley por el forro y, finalmente, si se enojan con usted, lo pueden encerrar sin agua ni comida. ¿Cuándo tendremos el transporte que nos merecemos? Cuando le pongamos el empeño que le pusimos para pelearnos con las transnacionales.

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