Columnistas

Un triple Desarreglo

El quincenario El Desacuerdo ha cometido tres violaciones contra la diputada Rebeca Delgado.

La Razón (Edición impresa) / Rafael Archondo

02:55 / 05 de agosto de 2013

El 23 de junio pasado, el quincenario El Desacuerdo, de tan buena factura, ha cometido tres violaciones contra la diputada Rebeca Delgado. Ha mellado su honra, ha juzgado y ventilado su vida privada y la ha discriminado.  

En un escrito titulado ¿Qué será lo que quiere el Negro?, su presunta autora, Paola Soliz Chávez, desarrolla una hipótesis humillante para explicar las actuales discrepancias entre Delgado y su partido, el MAS. Soliz afirma que la disidencia de la parlamentaria se debe a una relación sentimental que ella habría establecido con un exasesor del MNR en la Asamblea Constituyente. El ataque estuvo a punto de pasar desapercibido, sino hubiese sido porque la propia Delgado advirtió que el impreso era distribuido a sus colegas en el Parlamento. Sólo en ese instante el golpe bajo se catapultó a asunto de interés general.  

Ha pasado un tiempo excesivo, siete semanas, para que Paola Soliz Chávez rinda cuentas por la agresión. Pero ella no existe, o la que existe, una beniana con ese nombre y esos apellidos, ni siquiera se ha enterado del atropello. “P.S.CH.” es un fantasma o tal vez un pseudónimo, una careta que resguarda a quien carece de la valentía para salir a debatir al aire libre, sin casamatas. Los ilustres miembros del consejo editorial del quincenario callan y dilatan el tratamiento del entuerto con la esperanza de que algún frenesí informativo despache todo a la fosa del olvido. No habría que permitirlo.

Al margen del grado del poder político acumulado o no de nuestra adorable afiliación étnica, los bolivianos conservamos aún tres derechos inviolables.Usted y yo gozamos de la prerrogativa a un buen nombre, a la intimidad y a no ser discriminados. Nacemos con una honra y sólo si cometemos una tropelía o un delito podríamos perderla. Nacemos también con la posibilidad de cerrar nuestras cortinas, recluirnos en el “oscurito”, y hacer allí lo que mejor nos plazca, siempre y cuando no sea ilícito y no lastime a otras personas. Y nacemos también con el derecho a participar en el debate público usando argumentos, ante lo cual esperamos que nos incomoden otros argumentos. Nadie puede menoscabar el derecho a disentir utilizando como tarjeta roja una decisión que hemos tomado en la vida íntima o subrayando un rasgo de nuestra imperfecta anatomía.

¿Cuándo sabemos que alguien es discriminado?  Propongo una medida simple, una especie de discriminógrafo elemental: ello ocurre cuando a alguien se le niega un derecho que todos poseen, utilizando una decisión asumida en el santuario de la vida íntima o un rasgo que no puede ni tiene por qué ser modificado.

Si yo decido, en uso de mi privacidad, enamorarme de alguien, esa no puede ser razón para invalidar mis ideas. Si yo decido elegir como pareja a alguien de mi mismo sexo, no habría motivo para dudar de la propiedad de mis convicciones; y si decido invertir mis afectos en alguien que no coincide con mis postulados ideológicos, sólo se me puede desear suerte en las controversias domésticas. Ojalá haya valor y entereza para arreglar “El Desacuerdo”.

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