Columnistas

La trompeta de Cortázar

El jazz fue una de las obsesiones  transversales de la obra literaria de Julio Cortázar

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:05 / 26 de agosto de 2014

Como si fuese uno más de aquellos hombres cautivados por los sonidos que irrumpían de la lira de Orfeo, entrañable personaje de la mitología griega, Julio Cortázar se dejó llevar apasionadamente por los ritmos prodigiosos e inconmensurables del jazz. Hoy, que se cumplen 100 años del nacimiento del autor de esa novela infinita que es Rayuela, tal vez uno de los mejores tributos que se le pueda hacer sea precisamente ocupándose de una de sus grandes pasiones: el jazz.

Sin duda aquel género musical fue una de las obsesiones recurrentes y transversales de su obra literaria. Un ejemplo de ello es El perseguidor, relato corto protagonizado por Johnny Carter, un saxofonista drogadicto y bohemio (alter ego del entrañable Charlie Parker) que logró encontrar su genio musical el sentido último de la existencia. Todo un cronopio. Como dijo el propio Cortázar: “Un cronopio es un dibujo fuera del margen, un poema sin rimas”.   

En una entrevista, Cortázar confesó: “Un día, leyendo un número de la revista francesa Jazz Hot, supe de su muerte y de su biografía (de Charlie Parker), me encontré con un hombre angustiado a todo lo largo de su vida, no solamente por los problemas materiales (como el de la droga), sino por lo que yo, de alguna manera, había sentido en su música: un deseo de romper las barreras como si buscara otra cosa, pasar al ‘otro lado’; y me dije: ‘éste, él es mi personaje’”.

La historia de El perseguidor comienza con Bruno, crítico de jazz que recibe una llamada de Dedée, quien vive con Johnny en un cuarto de hotel. Johnny comienza a hablar del tiempo, una de sus obsesiones; y Bruno va recordando una serie de anécdotas al respecto, como por ejemplo cuando, en medio de un ensayo con Miles Davis, a Johnny le da otro de sus ataques y se pone a gritar “¡pero si esto lo toqué mañana!”. Bruno acaba de terminar una biografía sobre Johnny, y lo sigue visitando ocasionalmente.

Otra forma de recordar a ese monumental escritor argentino es evocando  nuestras propias experiencias que, convertidas en una memoria íntima, hacen posible reconstruir nuestra complicidad literaria con Cortázar, como si fuese una concesión de los dioses. Hace años cuando era estudiante compré, con gran esfuerzo, Rayuela, y en uno de los viajes para hacer un trabajo universitario, un compañero propuso intercambiar momentáneamente mi Rayuela por su Ulises, de James Joyce, otra novela magistral escrita en clave musical. Acepté, aunque a regañadientes, casi intuyendo que nunca más la recuperaría. Años después, gracias a la masificación de la obra cortazariana, pude comprar una vez más esa novela infinita. En Rayuela el jazz nos ofrece un mundo alternativo y deja en claro que, al mismo tiempo, como si fuera parte de una carnada mágica, es parte central de la problemática que propone el texto.

Cómo no olvidar el capítulo en el que maravillosamente se alude al jazz: “Y la maga estaba llorando, Guy había desaparecido, Etienne se iba detrás de Perico, y de Gregorovirus, Wong y Ronald miraban un disco que giraba lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una menos, y en esas revoluciones Oscar's Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura”. Como diría Leslie Bary, el jazz en Rayuela “pasa de ser objeto de contemplación, para volverse una presencia ubicua y casi concreta”: Ossip se ve “hablándose con la maga entre el humo y el jazz”, y mientras los demás esperan que llegue Wong con el café: “Jelly Roll está en el piano, marcando el compás con el zapato, como si fuera el propio Jelly Roll el que tocara en vez de un disco viejo”.

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