Columnistas

La tuneladora

Este regalo de Dios  no puede ser tratado como un proyecto industrial de zapatos o de gaseosas

La Razón / José Gramunt

00:00 / 12 de febrero de 2012

Para un constructor de carreteras, lo ideal es la línea recta. Los accidentes del terreno importan menos. Si hay que atravesar un río, tenderá un puente; si tropieza con un cerrito, cavará una trinchera; si hay que sobrepasar una montaña, la monstruosa tuneladora perforará un túnel. Y así se cumplirá lo que nos enseñaban en la escuela: que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta.

Pero se da el caso de que no siempre el facilón constructor de carreteras, sus poderosos financiadores y los políticos que están detrás de la estratégica operación encuentran fácil trazar un camino con una regla y un tiralíneas. Ocurre muchas veces que la naturaleza bravía exige sus derechos y no permite la línea recta. Los bosques, los ríos, las madrigueras y los nidos de animales en peligro de extinción y, sobre todo, los pobladores aborígenes que han vivido en ese ambiente paradisíaco desde tiempo inmemorial, todo este regalo de Dios no puede ser tratado como un proyecto industrial de zapatos o de gaseosas.

Lo inteligente en el tratamiento adecuado de ese patrimonio sería entonces, ante todo, no sólo informarse por medio de la población que va a ser afectada, sino también consultar los mapas, reconocer el terreno in situ, examinar los informes técnicos de reconocido prestigio. Y con esta documentación en la mano —ahora sí— consultar con respeto y negociar con la gente que puede ser beneficiada o perjudicada por el proyecto caminero, revisar la legislación vigente en la materia. Luego vendrán los demás requisitos técnicos y financieros, la licitación, hasta llegar a los tratos con los financieros, que no suelen ser precisamente dadivosos y que algunas veces inflan el presupuesto con objeto de lubricar la operación con las autoridades del momento.

Pero no; el Gobierno se ha enroscado en una maraña de tropiezos que ya está pagando con un alto costo de confiabilidad por parte de la población que observa el lamentable espectáculo, como se mira con repugnancia una pelea de gallos. En lugar de seguir aquellas etapas que son de sentido común, dispuso la construcción de la carretera que atravesará el TIPNIS prácticamente en línea recta, y rechazó otras opciones que salvaban las áreas protegidas.

Pero le salió la criada respondona. Los campesinos originarios del parque nacional se oponen al proyecto gubernamental porque prevén que van a ser avasallados por los nuevos ricos cocaleros, cazadores y pescadores, depredadores de la flora y de la fauna selvática.

La “ley corta” con la que el Señor Presidente quiso zanjar el pleito está siendo motivo de una virulenta discusión política. Los campesinos originarios de tierras bajas y los colonizadores advenedizos cualquier día se vienen a las manos si la autoridad no lo impide. ¡Pero qué autoridad! ¿La que zurra la badana a los marchistas del TIPNIS y, por el contrario, protege la caminata de los multiculturales, estos últimos, alentados por el Gobierno?

Llegamos a este punto en que la línea recta ha dejado de ser la menor distancia entre dos puntos. Salvo que la constructora brasileña, en concomitancia con la Administración Boliviana de Carreteras y al impulso del Gobierno, ponga a trabajar una inmensa tuneladora capaz de perforar, en línea recta, unos buenos kilómetros del subsuelo del Parque Nacional Isiboro Sécure sin romperlo ni mancharlo. ¿Será posible?

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