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La última cena

En el minicuento no interesa tanto lo que se escribe como lo que se deja de decir, lo que se sugiere...

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 12 de marzo de 2015

Esto del cuento, es un cuento de nunca acabar; y así como ya existen muchas definiciones sobre el cuento, existirán muchas más. Sin embargo, nadie, ni los cuentistas ni los críticos, menos los teóricos del cuento, dudan de su naturaleza insular y de su origen matemático, pues al llevar la cuenta de algo (cuento viene del latín computus) se debe cuidar una rigurosidad lógica, porque de lo contrario los resultados no cuadran.

Edmundo Valadés, escritor mexicano (fundador de la inolvidable revista El Cuento, publicó microcuentos por más de un cuarto de siglo), cita a Laurián Puerta, escritor colombiano, autor de un curioso “Manifiesto” que entre cosas señala que “concebido entre un híbrido, un cruce entre el relato y el poema, el minicuento ha ido formando su propia estructura. Apoyándose en pistas certeras se ha ido despojando de las expansiones, las catálisis, creando su propia unidad lógica, amenazada continuamente por lo insólito que lleva guardado en su seno. La economía del lenguaje es su principal recurso, que revela la sorpresa o el asombro. Su estructura se parece a la del poema. (...) Narrado en lenguaje poético siempre tiene un final de puñalada. Es como pisarle la cola a un alacrán para conocer su exacta dimensión. (...) El cuento clásico ha sido domesticado, convertido en una sucesión de palabras sin encantamientos. El minicuento está llamado a liberar a las palabras de toda atadura. Y a devolverle su poder mágico, ese poder de escandalizarnos. (...) Diariamente hay que estar inventándolo. No posee fórmulas o reglas y por eso permanece silvestre o indomable. No se deja dominar ni encasillar y por eso tiende su puente hacia la poesía cuando le intentan aplicar normas académicas”.

El minicuento contemporáneo echa mano de todo lo que puede. Aprovecha las leyendas, los mitos, los clásicos de la literatura, del teatro, del cine, de la religión, en fin... todo le sirve para comprometer al lector en el intertexto. Incluso el título es parte substancial del cuento, llegando a redondear la historia contada. En el minicuento no interesa tanto lo que se escribe como lo que no se escribe, importa mucho más lo que se deja de decir, lo que se sugiere, porque allí está el verdadero universo narrativo. Bajo estas normas es que vengo escribiendo microcuentos desde hace varias décadas. En 2001 publiqué mi primer libro con estos arte/factos mínimos y se llamó Cuento súbito, paráfrasis de Muerte súbita. Desde entonces los he venido escribiendo en libretas, cuadernos, tarjetas, servilletas y en cualquier otra superficie sobre la que se pudiera imprimir la tinta de una plumafuente o el carbón de un lápiz. En 2013, durante el II Coloquio de Literaturas Amazónicas realizado en el Perú, se presentó la edición peruana de La última cena, publicada por Ricardo Vírhuez, escritor, poeta y propietario de Editorial Pasacalle. Dos años después, la Editorial 3600, del entrañable Marcel Ramírez, lanza la edición boliviana que incluye algunas minificciones inéditas.  

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