Columnistas

La última osadía

La Alcaldía de El Alto fue cuoteada por los sindicatos de choferes, juntas vecinales y otras organizaciones

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

03:41 / 13 de junio de 2015

La ciudad expone sus múltiples heridas: calles cerradas por promontorios de tierra en obras a medio hacer, embotellamientos monstruosos, tráfico vehicular anárquico, ausencia de autoridad, caos. La culminación de lo insólito es la exigencia de algunos dirigentes de juntas vecinales de El Alto para que sean ellos quienes designen directamente a los subalcaldes, y no así la Alcaldesa, como establece la ley; o mantener a los que ya tenían designados antes de las elecciones subnacionales celebradas en marzo de este año.

El voto de los vecinos aplazó al exalcalde alteño. El presidente Evo Morales ha sido reiterativo en señalar a la corrupción como una de las causas de ese aplazo. El exalcalde aplazado mantuvo una especie de cogobierno con las juntas vecinales (un sistema que viene de lejos), bajo el alero del control o la participación de organizaciones sociales.

Durante años nos preguntamos cómo era eso de que ante una evidente mala administración del municipio nadie reclamó en una ciudad caracterizada por la rebeldía. La respuesta es un secreto a voces: el Gobierno Municipal estaba cuoteado por los sindicatos de choferes, algunas juntas vecinales y una larga lista de instituciones que consolidaron algo más que un silencio cómplice.

Se habla de que esos cupos llegaron a extremos como la extorsión: sin el visto bueno de la junta, el vecino no podía aspirar a servicios básicos como agua potable, energía eléctrica o la aprobación de planos de vivienda. Por el sello de la junta debían pagar. El vecino debía participar activamente de las movilizaciones bajo sanción de multa. Algunos dirigentes crearon sus propias empresas para adjudicarse la construcción de obras. Si sus empresas incumplían plazos para arreglar una calle, ¿cómo pues iban a reclamar por las calles cerradas por ellos mismos?

Si aquellos extremos llegasen a confirmarse, se revelaría un inaudito sistema de extorsión y cosas peores. Más de uno podrá alegar que es un asunto interno de la ciudad, que se trata de usos y costumbres y que incumbe solo a los alteños. No es verdad. Buena parte de lo que ocurre en la ciudad de El Alto afecta al país en su conjunto. Algunos ejemplos: El Alto es la puerta del turismo a Bolivia y a La Paz. Es insólito que en una ciudad plana, de amplias avenidas, se demore entre 50 minutos y una hora para acceder a las carreteras que conducen a sitios extraordinarios como el lago Titicaca, Copacabana y Tiwanaku. No existen calles de desahogo ni alternativas a las avenidas principales, que son obstruidas frecuentemente por ferias, fiestas, danzas y cualquier otro tipo de actos. 

Durante más de seis meses estuvo cerrada la cuadra que conecta la salida del peaje con la avenida que lleva al Aeropuerto Internacional con el inenarrable sufrimiento de los pasajeros. El embotellamiento no se da por falta de calles, sino porque muchas de ellas fueron bloqueadas durante meses y años con promontorios de tierra y escombros extraídos durante la refacción o el mejoramiento de otras vías.

Los alteños, libres de emitir su opinión al momento del voto, así como de la presión y el control de algunos dirigentes, decidieron darse una oportunidad para mejorar sus condiciones de vida y de ciudad. Los aplazados en las urnas ahora salen a reivindicar supuestos “derechos”, cuando deberían rendir cuentas. El inicial fracaso a sus convocatorias a medidas de presión podría poner fin a su última osadía.

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