Columnistas

El último apóstol

Mandela fue, sin duda alguna, el último apóstol vivo de la conciencia humana  y de la no violencia

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

03:12 / 10 de diciembre de 2013

Madiba no sólo fue un ciudadano de Sudáfrica y del extenso continente africano, sino un ciudadano del mundo” (Temba Matanzima, portavoz de la familia Mandela). Estos días, sin distinción de ideología, credo, ni origen étnico, todos se han ocupado del que sin duda alguna fue el último apóstol vivo de la conciencia humana y de la no violencia.

Cuando a las 20.50 del 5 de diciembre falleció Nelson Rolihlahla Mandela (Madiba, “el grande”; Tata, “el padre”), concluyeron los 181 días de su agonía, y Sudáfrica y el mundo empezaron a honrar la memoria de un hombre que, junto con Mohandas Karamchand Gandhi (Mahatma, “el alma grande”; Bāpu, “el padre”), fueran apóstoles de la no violencia y que pudieron construir nuevas naciones en sus patrias.

Largos, como debían ser para un hombre que es el padre del país, serán los funerales de Madiba. El martes 10 de diciembre será la misa oficial en el stadium de Soweto en Johannesburgo (el mismo lugar de Invictus y donde apareció públicamente por última vez Mandela en silla de ruedas, durante la clausura del Mundial de Fútbol en 2010); del miércoles 11 al viernes 13 será la capilla ardiente en los Union Buildings de Pretoria, sede desde donde él gobernara entre 1994 y 1999; durante esos días, su ataúd recorrerá las calles de Pretoria para que toda la población pueda darle su último saludo. El último homenaje será el funeral de Estado en su pueblo natal de Qunu, donde será enterrado por expreso pedido suyo, y al que asistirán 9.000 invitados.

En la película Invictus, antes de la final, Mandela le entregó al capitán del equipo sudafricano, Francois Pieenar, el breve poema homónimo del poeta inglés William Ernest Henley, que fue una de sus lecturas en los largos años de la cárcel de Rodden Islands. En la realidad, el texto que le entregó fue El hombre en la arena, que era parte de un discurso que el expresidente norteamericano Theodore Roosevelt leyó en La Sorbonne de París,  en 1910 y que hoy, a la muerte de Mandela, cobra nueva vigencia: “El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto. Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso”.

Al cumplir 16 años, Mandela (como adolescente xhosa) participó en la tradicional ceremonia de inicio de su vida adulta y recibió el nombre de Dalibhunga, que significa “creador o fundador del consejo” o “coordinador del diálogo”. Un nombre que caracterizó su gran obra.

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