Columnistas

Los uru muratos

Los urus son la memoria viva de las raíces más ances-trales de nuestros pueblos andinos

La Razón / Xavier Albó

00:00 / 17 de marzo de 2013

Esta semana ha llegado a La Paz una marcha de las comunidades uru murato que persisten en el lago Poopó. En 1992, sus viejos líderes Lucas Miranda y Daniel Moricio relataron su historia en el bello libro Memorias de un olvido: testimonios de vida uru muratos, editado por Rossana Barragán. Su mapa, que adjunto, identifica sus ubicaciones de entonces, tres mayores y otras varias chicas y cambiantes.

Viven en condiciones muy duras por las subidas y bajadas del lago Poopó, que además ahora tiene poco pescado por la contaminación desde las minas. El descenso actual de las aguas les da cierta posibilidad de sembrar quinua, la exportación estrella del altiplano, en la parte hoy seca de su territorio lacustre. Pero algunos vecinos aymaras se lo impiden con alambres de púas. Por eso, los uru muratos han decidido marchar hasta la sede de gobierno. Una vez más, ese sector mucho más débil es el que tiene toda la razón en su demanda.

Pero, además, los urus son la memoria viva de las raíces más ancestrales de nuestros pueblos andinos. Son los sobrevivientes históricos y míticos de los chullpas, anteriores a la salida del sol, que se refugiaron en el agua. En 1990, Nathan Wachtel publicó en francés su impresionante tesis doctoral, después traducida al castellano como  El regreso de los antepasados. Los indios urus de Bolivia, del siglo XX al XVI. Ensayo de historia regresiva (México, Fondo de Cultura Económica, 2001). Empieza con los actuales uru chipayas (hoy municipio autónomo indígena y el único foco que mantiene su lengua ancestral en plena vigencia) y de ahí, rastreando documentos históricos, va mostrando cómo en todo el eje acuático del río Desaguadero, desde el Titicaca hasta el Poopó, los urus/chullpas fueron saliendo de sus refugios acuáticos y en gran parte se aymarizaron.  

Mientras Wachtel preparaba aquella tesis, yo los acompañé a él, a don Florencio Lázaro (uru chipaya) y a don Daniel Moricio (uru murato de Puñaca) hasta el tercer reducto uru de Irohito, en Jesús de Machaqa, La Paz. Fue el primer reencuentro de esos tres focos urus. Años después, ya se han institucionalizado los encuentros de la ahora llamada Nación Uru o Qhas Qut Suñi (gente de las aguas y los lagos), que abarca también a los urus de las islas flotantes en la bahía de Puno, Perú, tan visitadas por los turistas. Es una nación pequeña y sufrida, hoy dispersa en cuatro focos discontinuos, incluso entre dos estados, que tantean estrategias para combinar sus raíces y los nuevos desafíos de la globalización. Salvo en Chipaya, su lengua sólo persiste en vocablos y otros rasgos simbólicos que los identifican, pero no tienen ninguna voluntad de desaparecer.   

Recordemos que Oruro es, en realidad, Uru Uru. Allí está el lago Urus, que desemboca en el Poopó; y Orinoca (la patria chica de Evo) está en la banda occidental del mismo lago Poopó: allí visité yo hace años sus casitas redondas y con cúpula de paja, un estilo ancestral que ahora, con los nuevos medios para transportar pesados travesaños y calaminas, va entreverándose con otros. Es también razonable sospechar que Evo Morales Ayma podría tener antepasados urus.

Ojalá, pues, Evo, su gobierno y la Asamblea Legislativa sean sensibles al avasallamiento que sufren hoy esos sus paisanos más ancestrales y les consoliden eficazmente sus derechos.

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