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Los usos de la indignación

Trump es un aspi-rante a autócrata y otros republicanos son sus facilitadores voluntarios.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

00:00 / 05 de marzo de 2017

Están enojados porque los nacionalistas blancos tomaron el Gobierno estadounidense? De ser así, definitivamente, no son los únicos. Las primeras semanas del gobierno de Trump han estado marcadas por enormes protestas, furiosas multitudes en los consejos municipales, consumidores que boicotean a negocios a los que perciben como aliados de Trump. Y los demócratas, que responden a sus bases, han asumido una línea dura en contra de la cooperación con el nuevo régimen.

¿Pero, todo esto es inteligente? Inevitablemente, uno oye algunas voces que exhortan a todos a calmarse; a esperar y ver, a tratar de ser constructivos, a acercarse a los partidarios de Trump, a buscar puntos para un compromiso.

Solo digan no.

La indignación ante lo que le está pasando a Estados Unidos no solo está justificada, de hecho es esencial y puede ser nuestra última oportunidad para salvar a la democracia.

Aun en términos estrechamente partidistas, los demócratas harían bien en seguir escuchando a sus bases. Cualquiera que diga que lo dañará políticamente que lo vean como un obstruccionista, debe haber pasado dormido el último par de décadas. ¿Se recompensó a los demócratas por cooperar con George W. Bush? ¿Se castigó a los republicanos por su oposición de tierras quemadas contra el expresidente Barack Obama? Seamos realistas.

Es cierto que pareciera que a los electores blancos, de clase trabajadora, la esencia del apoyo de Donald Trump, no les importa el torrente de escándalos: no se pondrán en su contra mientras no se den cuenta de que sus promesas para hacer que retornen los empleos y proteger su atención de la salud eran mentiras. Sin embargo, hay que recordar que perdió el voto popular y habría perdido el del Colegio Electoral si los medios y el FBI no hubiesen engañado a un número significativo de votantes, con instrucción universitaria, para que creyeran que, de alguna forma, Hillary Clinton era todavía menos ética que él. Ahora, esos electores están teniendo un despertar rudo y es necesario mantenerlos despiertos.

La indignación puede ser especialmente significativa para las elecciones intermedias de 2018: los distritos que determinarán si los demócratas pueden recuperar la Cámara de Representantes el año entrante son de electores relativamente bien instruidos, tanto como de grandes poblaciones hispanas, dos grupos a los que es probable que les importen las infracciones de Trump, aun si no lo es para la clase trabajadora blanca (todavía).

Sin embargo, en esto hay un problema muchísimo mayor que la política partidista, por importante que ésta sea, dada la evidente determinación del Congreso republicano de cubrir cualquier cosa que haga Trump. Ya que la democracia misma está en riesgo y una población indignada puede ser nuestra última defensa.

Trump es claramente un aspirante a autócrata y otros republicanos son sus facilitadores voluntarios.  

¿Hay quién lo dude? Y, dada esta realidad, es totalmente razonable preocuparse de que Estados Unidos seguirá la ruta de otros países, como Hungría, que siguen siendo democracias en el papel, pero se han convertido en Estados autoritarios en la práctica.

¿Cómo pasa esto? Una parte crucial de la historia es que una autocracia emergente utiliza el poder del Estado para intimidar y cooptar a la sociedad civil – las instituciones fuera del gobierno propiamente dicho. Se intimida a los medios y se los soborna para que se conviertan en órganos de propaganda “de facto” de la camarilla gobernante. Se presiona a los negocios para que recompensen a los amigos de la camarilla y se castiga a sus enemigos. Se empuja a que las figuras públicas independientes colaboren o mantengan silencio. ¿Les suena conocido?

Sin embargo, una población indignada puede hacer retroceder, y debe hacerlo, usando el poder del descontento para contrarrestar la influencia de un gobierno corrompido.

Esto significa apoyar a las agencias de noticias que hacen su trabajo y alejar a las que actúan como agentes del régimen. Significa ser clientes de los negocios que defienden nuestros valores y no de los que aceptan debilitarlos. Significa hacerles saber a las figuras públicas, sin importar cuán no políticas sean sus profesiones, que a las personas les importan las posiciones que asuman o si no lo hacen. Ya que no estamos en tiempos normales y muchas cosas que serían aceptables en una situación menos tirante, ahora no están bien.

Por ejemplo, no está bien que los periódicos publiquen artículos de su palabra contra la de ella, que oculten las mentiras del Gobierno, ya no se diga los que son bocanadas dulcificantes sobre los aliados de Trump. No está bien que los negocios le proporcionen a Trump sesiones fotográficas para que se adjudique un crédito inmerecido por la creación de empleos; o  que los dirigentes empresariales participen en paneles “asesores” que en realidad son solo otro tipo de sesión de fotografías.

Ni siquiera está bien ir a jugar golf con el presidente y decir que se trata de mostrarle respeto al cargo y no al hombre. Lo siento, pero cuando en el cargo está alguien que trata de debilitar a la Constitución, hacer cualquier cosa que lo haga normal a él y le dé respetabilidad es un acto político.

“Estoy seguro de que muchos lectores preferirían vivir en un país en el que más de la vida pudiera separarse de la política. ¡Yo también! Sin embargo, la sociedad civil está bajo asalto de las fuerzas políticas, así es que su defensa es, necesariamente, política. Y la indignación justificada debe impulsar a esa defensa. Cuando ni el presidente ni sus aliados en el Congreso muestran ningún signo de respetar los valores estadounidenses básicos, una población despierta, dispuesta a hacer la lista de los criminales, es todo lo que tenemos.

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