Columnistas

De verde a gris

Ante la necesidad de habitar áreas al costo que sea, se ha esfumado el ordenamiento territorial

La Razón (Edición Impresa) / Marlene Quintanilla

02:13 / 23 de febrero de 2016

Con más de 1,4 millones de habitantes, una de las más grandes urbes del país se transforma en una inmensa selva de cemento; impresionantes edificios que denotan un desarrollo cada vez con menos orden. La edificación vertical y acelerada de la ciudad de Santa Cruz refleja una pérdida mayor de lo que un día fue una selva verde y exuberante, que cumplía funciones ambientales vitales para la población.

Más allá del estilismo, esta gran urbe padece los mismos problemas que muchas en el mundo: 1) conflictos de tránsito, ruido y calidad de aire; 2) mayor contaminación atmosférica y agravada por insuficiente arbolado urbano; 3) inundaciones frecuentes por la alteración al ciclo del agua, redes pluviales insuficientes, exceso de asfalto que impermeabilizaron la ciudad, espacios verdes en extinción y efectos de cambio climático más evidentes; 4) aumento de la temperatura o efecto de isla de calor, producida por la alta concentración de superficies como el hormigón, cemento y pavimento, que contribuye a un mayor efecto invernadero.

Estos problemas cada vez más palpables traen a la palestra la discusión sobre la pérdida de los escasos y sobrevivientes pulmones verdes de la ciudad, como la reciente tala de un centenar de árboles ocurridos en una propiedad privada que, como muchas otras edificaciones, infringió toda normativa municipal y nacional. Por caso, de acuerdo con el plan de uso del suelo de la Alcaldía (PLUS), las edificaciones no deberían construirse a menos de 1.000 metros de distancia del río Piraí. Si esta norma se cumpliría, cuántos árboles y fauna estarían beneficiando hoy a la población. Quizás este caso solo visibiliza lo que ocurre en otros como el Curichi La Madre, un humedal y área protegida que sobrevive ante las constantes amenazas de invasión y nuevas edificaciones.

Si bien en el país, cada día perdemos miles y hasta millones de árboles, y con ellos una inmensa biodiversidad, un árbol en la ciudad significa igual o mucho más. Es indudable que como sociedad debemos crecer y desarrollar una economía pujante, pero la transformación de verde a gris nos está haciendo menos sensibles; hoy prima más lo individual que lo colectivo.

Se han esfumado los avances en ordenamiento territorial, ante la necesidad de habitar áreas al costo que sea. Jamás recuperaremos lo perdido, pero, ¿se podrá frenar la extinción de los pulmones verdes? Difícil de predecir. Lo cierto es que los más afectados somos los ciudadanos; la naturaleza puede vivir sin humanos, pero nosotros no podremos hacerlo sin los beneficios que ésta nos otorga.

Es directora de investigación de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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