Columnistas

Otra vez febrero

Es tiempo de que cambiemos radicalmente la educación que les damos a nuestros hijos

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 01 de febrero de 2015

Mañana comienzan de nuevo las clases, y yo creo que todos (incluso los que ya hace mucho dejamos las aulas escolares) las esperamos con un escalofrío que mezcla la nostalgia con el horror, el entusiasmo con el desasosiego, la expectativa con el miedo. Para muchos adultos de hoy el colegio es un recuerdo agridulce, pero no por eso nos cuestionamos si nuestros hijos o hijas deben a su vez vivir esa experiencia. Asumimos como parte ineludible del crecimiento la caminata por largos pasillos de aulas simétricas, el uniforme blanco, el cabello cortado, el peso de la mochila en la espalda, la mirada seria del profesor y el silencio incómodo en las hileras de pupitres por enésima vez barnizados y cepillados. Incluso llegamos al extremo de inscribir a nuestros niños en la misma escuela de la que nosotros, alguna vez, deseamos huir desesperadamente.

La educación formal, institucionalizada y obligatoria por mandato estatal, se ha convertido en la única forma en la que la cultura, los valores y los conocimientos que se consideran relevantes se pasan de generación en generación. Así los padres nos vemos aliviados de la responsabilidad de educar a nuestros hijos como tal vez lo hacían nuestros antepasados. Así la sociedad establece una uniformidad en los valores y conocimientos considerados aceptables y relevantes, eliminando transgresiones incómodas y modelos alternos de educación y convivencia. Así los niños tienen varias horas al día ocupadas, lo que libera tiempo para que ambos padres puedan dedicarse a trabajar, producir, generar ingresos y movilizar la economía. Así todos ganan.

Hemos aceptado esta manera en que se organiza la socialización de los niños sin cuestionarla, y eso nos impide ver que pueden haber maneras distintas de enseñar, de aprender y de organizar las escuelas. Podríamos hacer un ejercicio al azar y preguntar, por ejemplo, ¿debemos seguir impartiendo hoy la educación genérica y humanística que se heredó del renacimiento europeo? En una era en que el conocimiento se ha especializado y multiplicado al punto en que la información sobre cada materia es humanamente inabarcable, ¿deben nuestros hijos seguir conformándose con mirar la superficie de tantas asignaturas? En una sociedad en que los profesionales solo alcanzan la excelencia luego de años de especializaciones, ¿por qué es importante que un muchacho que ama la música pierda años aprendiendo acerca del aparato reproductivo de las arañas? ¿Por qué limitamos sus potencialidades, por qué los uniformamos? ¿Por qué pretendemos que todos inviertan el mismo tiempo y esfuerzo en lo mismo, cuando tenemos hoy formas de saber desde muy temprano qué aptitudes tienen nuestros hijos? ¿Por qué es tarea de los padres de familia buscar talleres y cursos onerosos, fuera de la escuela, para que sus niños cultiven los talentos esenciales del arte, la música o el deporte? El mundo ha cambiado radicalmente, es tiempo de que cambiemos radicalmente la educación que les damos a nuestros hijos. Y eso no pasa solamente por aumentar las horas de aula, incluir computadoras, cambiar el sistema de evaluación o sumar o restar asignaturas. Se trata de dar un giro completo a qué concebimos como educar, entendiendo que los niños y jóvenes hoy han excedido la capacidad institucional de la escuela para formarlos de la manera en que la sociedad los necesita. Se trata de preguntarnos ¿con qué propósito estamos encerrando a nuestras nuevas generaciones ocho horas cada día, cinco días cada semana, diez meses cada año durante los 12 años más creativos, más influenciables y más preciosos de su vida?

Es cineasta.

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