Columnistas

La vicuña, gran riqueza del altiplano

Para aprovechar esta riqueza, es menester cuidar tan precioso animal y controlar el uso de su fibra

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

02:35 / 13 de agosto de 2014

La vicuña, ese grácil y elegante camélido que siempre ha formado parte de los atractivos característicos del paisaje altiplánico, podría constituirse en un futuro próximo en un potencial económico de nuestro extenso altiplano. Basta señalar que el vellón de fibra puede ser comercializado en los países desarrollados en un precio muy alto, ya que supera actualmente los 800 dólares por kilo. Para aprovechar esta riqueza, es menester cuidar tan precioso animal y hacer un uso racional y controlado de su apreciable fibra, que produce una lana de color pardo o amarillo rojizo.

Hay que tener en cuenta que nuestros campesinos desde la época del incanato han tenido un respeto casi religioso por la vicuña. Solo los incas y sus parientes más allegados podían vestirse con su fina lana.  Eso evidentemente sirvió para preservar su existencia durante siglos.  Pero ya en la Colonia se inició la elaboración de una industria textil típicamente altiplánica, conjuntamente con la lana de alpaca.

Ahora bien, con la larga guerra de la independencia no solo se derrumbó la riqueza minera, sino también las florecientes riquezas agrícolas y ganaderas de los fértiles valles y llanos del país.  Algo semejante sucedió con la alpaca y la vicuña, las cuales sufrieron una reducción considerable, al extremo que el Libertador Simón Bolívar firmó en el Perú en 1825 un decreto que prohibía la caza de dicho camélido No fue precisamente este decreto del Libertador lo que protegió a la vicuña, ya que en Bolivia poco caso se hacía de las medidas precautorias de las riquezas,  sino la tradicional veneración del indígena por este hermoso animalito; pero, paradójicamente, desde la reforma agraria se ha producido una cacería cruenta y devastadora que casi determinó su completa extinción.

Solo en 1969 se inició un proyecto de salvación del camélido con la suscripción del Convenio para la Conservación de la Vicuña entre Bolivia, Chile, Ecuador y Perú. De resultas del mismo, este hermoso camélido de entre 40 y 50 kg de peso y 80 cm de altura continúa existiendo y puede seguir siendo admirado por los que atraviesan nuestro vasto altiplano. Pocos años después, tanto Perú como Chile iniciaron la promoción de proyectos de industrialización de los preciados vellones de la vicuña. Para ello, han creado reservas donde se ha experimentado, con éxito, la posibilidad de criar vicuñas en cautiverio.

Lo importante de las políticas chilenas y peruanas de conservación y utilización de la vicuña es que en ella participan directamente las comunidades aimaras de las regiones andinas de sus territorios. Respecto al Perú, donde están las mayores reservas de vicuñas, se llega a producir unos 66.000 kg de fibra al año, con un valor de 50 millones de dólares; pero hay proyectos para exportar en gran escala productos finales  fabricados con esta fibra, cuyo valor puede ser cuatro veces mayor.

Evidentemente, como toda industria moderna, se requiere de capital y tecnología apropiada, de lo cual nuestros campesinos carecen. Pero si se desea que Bolivia participe de esta nueva industria que ya está teniendo auge en Chile y Perú, sería necesario que el Gobierno,  que ahora maneja mucho dinero, preste la debida cooperación económica y técnica a las distintas comunidades campesinas allegadas al camélido, y de este modo llevar adelante proyectos similares a los de los países vecinos. De este modo, no solo la quinua sería un producto de exportación del altiplano, sino también la industrialización de la lana de la vicuña y de la alpaca, camélidos que además servirían para fertilizar el suelo. Porque es sabido que la quinua, por su alto valor proteínico, succiona mucho las sustancias de la tierra y la empobrece excesivamente. En consecuencia, la cría de los citados camélidos, fuera de convertirse en una importante industria textil de la zona, serviría para equilibrar la potencialidad del suelo de ese vasto y tan empobrecido territorio como lo es todavía nuestro altiplano.

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