Columnistas

La vida es un Carnaval

La Razón (Edición Impresa) / Abrelatas (porque todo nos llega enlatado) - Verónica Córdova

00:00 / 26 de febrero de 2017

Es posible que no exista en nuestro país una festividad tan sonada como el Carnaval. Se celebra en el oriente con comparsas, pintura y reinas; se celebra en occidente con diablos, caporales y espumas; se celebra en el campo con pinquillos y guerra de frutas; se celebra en las minas con wilancha y con dinamitas.

El Carnaval es el único feriado largo, verdaderamente largo, del que gozamos en el año. Comienza, en realidad, el viernes por la tarde, cuando la mayoría de las oficinas y centros de trabajo se cierran para las ch’allas que se adelantan al martes. Aunque, pensándolo mejor, comienza mucho más atrás: desde los convites de noviembre, desde las precarnavaleras de enero, desde el desentierro del pepino, desde los reventones de Compadres y Comadres.

Nadie se queda fuera del festejo: incluso los que huyen del alboroto y celebran su soledad y su descanso en plácidas campiñas o elegantes piscinas, están celebrando el Carnaval a su manera.

Para el pensador ruso Mikhail Bakhtin, el Carnaval es un momento en que las culturas pierden su autosuficiencia y se abren a la posibilidad de ser una entre muchas; es el momento en que la vida se descentraliza y los roles se subvierten: el oscuro oficinista se convierte en Rey Moreno. La modesta muchacha muestra piernas, calzones y escotes. El comerciante deviene diablo y la ama de casa diablesa. Hasta el más centrado de los ciudadanos pierde la compostura y bebe, baila, come, disfruta y (cuando se puede) moja a quien se le pone al frente. Los autos se guardan, la ciudad vibra en sus calles. Las bandas tocan en turnos de doce a veinticuatro horas. Los paceños van a Cochabamba, los cruceños bailan en Oruro, los cochabambinos se maravillan ante el Carnaval cruceño. Nadie trabaja (salvo los que venden comida, espumas, cerveza…)

Al final del desenfreno y la fiesta, las familias se reúnen para adornar sus casas con serpentinas, globos de colores, humos propiciatorios y cohetillos celebratorios. Se espanta las envidias y las maldades, se agradecen las propiedades, se comparte la prosperidad y se desea al vecino un año lleno de bendiciones.

Nuestro Carnaval es lindo: vibrante, colorido, divertido y emocionante. Nadie le va a quitar lo bailado a los cientos de miles que se congregan en plazas y calles para disfrazarse y bailar, en honor a la Virgen o al Tío, en fraternidad con su grupo de vecinos, compañeros de trabajo o amigos. Y este año en particular, el Carnaval es todavía mejor porque nos ayuda a olvidar (por lo menos unos días) la división, la protesta, la violencia, la desconfianza y la mentira.

Lo único que puede hacer que el Carnaval se convierta de celebración en tragedia es que nos pongamos a consumir alcohol sin medida ni clemencia  —como pasa casi cada año y en casi cada fiesta. ¿Cuándo vamos a poder festejar sin tener que necesariamente perder la conciencia? ¿Cuándo vamos a recordar un Carnaval por lo bien que la pasamos y lo mucho que bailamos, y no por las lágrimas de nuestros hijos asustados o por las barbaridades hechas y dichas por culpa de los tragos que teníamos encima?

Si el Carnaval es alegría, tratemos de que lo siga siendo aún después de pasada la fiesta.

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