Columnistas

La vida es linda

La certeza de la muerte debería hacernos valorar la fragilidad y perfección del cuerpo que poblamos

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

01:40 / 02 de agosto de 2015

A pesar de su fragilidad y sus altibajos, la vida sigue siendo lo poco y lo único que tenemos. Y la vida se nos entrega en un cuerpo que recibimos siempre nuevo, a veces en perfecto estado de funcionamiento, y otras veces no tanto. Ese cuerpo sostendrá nuestro crecimiento, obedecerá nuestros comandos, soportará nuestro uso y abuso, y será la herramienta con la que seremos parte del mundo durante un tiempo más o menos largo.

Tan linda es la vida que no nos resignamos a que se acabe cuando el cuerpo falla. Para alejar la muerte hemos diseñado drogas que recomienzan un corazón que se ha detenido, máquinas que respiran por nosotros y mecanismos que reemplazan nuestros órganos, desafiando el curso normal de la naturaleza y salvando vidas para darles más tiempo, o a veces para prolongar inútiles agonías. Hacemos esfuerzos, milagros y enormes sacrificios para mantener funcionando el delicado reloj que somos: compramos latidos y exhalaciones para cuerpos dormidos, pues es fácil creer que la vida perdura mientras el cuerpo la sustente, mientras el corazón lata y los pulmones aspiren y expiren. No sabemos, no podemos más que especular qué sucede con el ser que somos una vez que el cuerpo deja de sostenernos. No sabemos, no podemos probar si el espíritu existe y si al morir nuestro cuerpo éste se libera o trasciende.

Lo único que tenemos realmente es la vida misma, el tiempo que se nos concede para usar un cuerpo y a través de él traspasar los límites que nos separan de los otros seres. Solo tenemos esta vida para abrazar, para enseñar y aprender, para mirar lo bello y arreglar lo feo, para engendrar y para crear, para disfrutar y proponer, para inventar y para descubrir, para conocer y amar y darle sentido a cada respiración y cada latido. 

La vida es tan linda porque viene con fecha de expiración, y la certeza de la muerte debería hacernos valorar la fragilidad y perfección del cuerpo que poblamos solo por un tiempo limitado. Pero nos pasa todo lo contrario: negamos el final por temor al misterio, y por tanto abusamos del cuerpo y del tiempo hasta acabarlos; o nos concentramos en la esperanza de otra vida después de ésta, postergando el goce de lo que tenemos hoy a favor de un paraíso incierto. La vida es tan linda que no importa cuánto vivas, siempre se acaba pronto.

He perdido esta semana dos inmensas mujeres. Sus nombres no estarán en las enciclopedias, ni se nombrarán por ellas plazas ni avenidas y, sin embargo, ambas han cambiado el rumbo del planeta de una forma tan humilde como irreversible. Han parido hijos, han abrazado nietos, bisnietos y tataranietos. Han tejido chompas y cosido vestidos, han horneado humintas, han llorado muertes y rezado esperanzas. Y ambas me han enseñado que la vida es linda: esa verdad que de obvia se cae del árbol como fruta madura.

Con sus dolores y sus pastillas, con sus caídas y sus largas agonías, la vida no es solo un músculo que bombea o un pulmón que respira, la vida no está en el cuerpo y sus veleidades, está en todo aquello que se queda como marca indeleble en el mundo cuando el reloj que somos se ha detenido. Queda un pocillo de fruta picada cada mañana. Queda una mesa generosa donde el té convoca la risa y la palabra. Queda la certeza de haber estado allí en sus últimas horas, y queda la tristeza de que no hayan sido menos dolorosas y largas. Pero queda también el ejemplo de fortaleza. Queda una fuerte raíz que no podrá ser arrancada por ninguna desgracia. Y la vida, también, es todas esas cosas.

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