Columnistas

La vida pública y el ciudadano

El habitante urbano desde siempre aprendió a distinguir la vida pública de la privada

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

01:37 / 03 de septiembre de 2015

El habitante urbano desde siempre aprendió a distinguir la vida pública de la privada. Sin embargo, aquello se convirtió en la gran conquista de la civilización moderna, ya que supo entender su diferenciación, pero también su mutua dependencia. Si retrocedemos al siglo V a. C., en Atenas la vida pública fue extremadamente variada y frenética, lo cual no solo la enriqueció respecto a la actividad urbana, sino también en valores intelectuales y culturales de su sociedad. Esta realidad, además de trascender en la historia de la humanidad (la filosofía), fue la inspiradora de la conformación del primer espacio público reconocido como tal, el Ágora. Y gracias a ello el ciudadano en esa sociedad fue esencialmente libre de expresarse y solo debió obediencia a sus leyes y respeto a sus dioses.

Fue en el siglo XVIII que la sociedad, al liberarse de la rigidez religiosa y moral, comenzó a cambiar su precaria vida urbana. Fueron momentos en que se impuso al individuo la existencia en grupo, lo cual restringió su independencia. Ello estuvo reflejado en la ciudad pequeña limitada de entonces, la que en la historia no solo fue siempre hostil para la vida personal del habitante, sino borrosa para la vida pública.

En el siglo XIX, en cambio, el habitante urbano consiguió proclamar junto a la libertad el carácter único de cada persona, y para lograr su evolución se valió de la división del trabajo, con el fin de convertirlo en particular de cada individuo. Desde entonces, la vida urbana encontró mayor actividad y riqueza cultural, lo que motivó la diversificación del espacio público. Situaciones diversas, que fueron captadas por pensadores de la modernidad que posiblemente formaron parte de la transformación de las ciudades. Tiempos en los que, empero, la modernidad no borró a los espacios antiguos; todo lo contrario, los conservó con las temporalidades de lugares de identidad, relacional e históricos. Con ello la colosal vida pública comenzó a enriquecerse.

Hoy, sin embargo, al transitar por la segunda década del siglo XXI, la sobremodernidad aparece con brío en las grandes y megaciudades, donde se observa que esos lugares quedarán solo como espacios de la memoria. Asimismo, el cambio conceptual de la vida urbana y el vivir acelerado traen consigo otras realidades, como por ejemplo el esparcimiento, el cual parece consolidarse esencialmente como virtual. Esto, porque actualmente el mundo comunicacional está abierto a todo individuo, quien además de haberlo adoptado para su vivir diario, lo disfruta sobremanera.

Seguramente esto irá creciendo en modalidades y cualidades, lo que parece confirmar que la “individualidad” es una característica irrefutable del habitante del siglo XXI. Esto va acompañado por la “libertad” que ofrece la gran ciudad, donde lo provisional y lo efímero son sus nuevas denotaciones singulares. Parece evidente que en esas ciudades desarrolladas la vida pública convencional comenzó a desaparecer y el lugar moderno de identidad se encuentra en plena “agonía”.

Lo curioso de este proceso evolutivo de la esfera pública es descubrir la coincidencia de cómo el ciudadano ateniense del siglo V a.C., como pueblo, fue comprendido como extremadamente “individualista” y hoy el “individualismo” se proyecta como notable futuro del ciudadano del siglo XXI, pero más complejo por su conversión a “individualista  solitario”.

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