Columnistas

Nuestra vida

No podemos dejar nuestras vidas en manos de choferes, pasivamente, sin reclamar juntos.

La Razón / Erika Ibargüen Ayub

00:00 / 10 de febrero de 2013

No es una novedad la falta de conciencia y responsabilidad de muchos de los conductores del transporte público. Tampoco lo es, aunque poco se habla de ello, la indiferencia de muchos pasajeros que parecen entregar su vida como si no tuviesen el derecho —y la obligación— de reclamar un servicio eficiente y seguro. ¿No les ha pasado que, cuando alguien pide comodidad, que el conductor no corra tanto, etc., los otros pasajeros se vuelven en su contra?

Mi esposo, mi hija y yo viajamos a Santa Cruz en diciembre. Optamos por una empresa, El Dorado, que ofrecía el servicio de bus cama y un vehículo moderno. Cuando llegamos a la terminal, el bus era otro, del Sindicato de Transportes Crucero.

Sufrimos una hora de retraso en la partida y, para mi sorpresa, los funcionarios estaban fumigando el bus. Pregunté por qué, sospechando que acababa de llegar de otro viaje. El ayudante me respondió: “¡Si quiere sube y si no, no viaja! Busqué a algún policía para quejarme; pero en la terminal no había ni uno a las 20.00. El responsable de la ventanilla de la empresa le llamó la atención al muchacho y eso fue todo.

Ya en la carretera, íbamos a tal velocidad que me dirigí al chofer para pedirle cordura. Fue muy grosero y ante mi insistencia me respondió que si no estaba a gusto, me bajase. Ante tal actitud, apelé a los pasajeros más próximos, pero me miraron como si fuese una exagerada.

Al pasar el Chapare, cuando el calor se va sintiendo, muchos tratamos de abrir las ventanillas. Imposible, están selladas. Poco a poco nos fuimos asfixiando. Un compañero de asiento encontró una pequeña ventanita tipo pestaña que estaba atorada, pero logró abrirla. El ayudante, al reparar en ello, la cerró, dando a entender que estaba muy enojado por el atrevimiento del pasajero.  Dijo     que ya estaba encendido el aire acondicionado, lo que no era cierto. Y como tampoco funcionaba el baño, indispensable para  un viaje tan largo, otro pasajero estuvo a punto de intercambiar golpes. Llegamos a destino. Quise quejarme en las oficinas del Sindicato de Transportes Crucero, pero me dijeron que  debía hacerlo en La Paz, donde me vendieron los pasajes.  

Días antes de retornar a La Paz, confiábamos en no tener que soportar a otro conductor imprudente. Recibí entonces la llamada de mi madre desde La Paz; me contó llorando que mi hermana, que vive en Cochabamba, había sufrido un accidente camino a La Paz. El bus iba a gran velocidad, dice ella, que no se animó a reclamar y que ahora tiene dos costillas rotas y la pena de saber que otros pasajeros murieron. Con esa experiencia, mi esposo, mi hija y yo volvimos en avión, excediendo en un gasto que no estaba planeado.

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