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Se nos viene encima una guerra comercial

La Razón (Edición Impresa) / Pulso político-económico - Paul Krugman

00:00 / 16 de julio de 2017

Se acuerdan de cuando Donald Trump declaró que “nadie sabía que la atención sanitaria podía ser tan complicada”? Fue un momento poco frecuente de autoconciencia del tuitero en jefe: es posible que hubiera caído en la cuenta, fugazmente, de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

Sin embargo, la atención sanitaria no es tan complicada. Y los planes de “reforma” republicanos son tremendamente sencillos, recalcando el “tremendamente”. Puede que Trump sea la única persona en Washington que no entienda su esencia: quitarle el seguro de salud a decenas de millones de personas para poder ofrecer a los ricos una rebaja de impuestos.

Por otra parte, algunos temas políticos son realmente complicados. Uno de estos temas es el comercio internacional. Y el mayor peligro que existe aquí no es simplemente que Trump no entienda las cuestiones. Peor todavía, no sabe lo que no sabe.

Según el sitio web de noticias Axios, Trump, apoyado por su círculo íntimo de partidarios de que Estados Unidos es lo primero, está “empecinado” en imponer unos aranceles punitivos a las importaciones de acero y, posiblemente, de otros productos, a pesar de la oposición de la mayoría de su gabinete. Después de todo, la afirmación de que otros países se estaban aprovechando de Estados Unidos fue uno de los principales temas de su campaña. Y Axios informa de que la Casa Blanca cree que a las bases electorales de Trump “les gusta la idea” de una guerra comercial, y “les encantará la lucha”. Sí, es una manera fantástica de hacer política.

Muy bien, entonces, ¿por qué es complicada la política comercial? En primer lugar, una gran parte del comercio moderno se hace con bienes intermedios, cosas que se usan para fabricar otras cosas. Un arancel sobre el acero ayuda a los productores de acero, pero perjudica a los consumidores de acero en las fases posteriores del proceso productivo como el sector automovilístico. Por tanto, ni siquiera está claro el efecto directo del proteccionismo sobre el empleo.

Y luego están los efectos indirectos, lo que significa que cualquier aumento del empleo en un sector protegido por aranceles debe compararse con la pérdida de empleo en otros sectores. Normalmente, de hecho, el comercio y la política comercial tienen pocos efectos, o ninguno, sobre el empleo total. Afectan al tipo de empleos que tenemos; pero no tanto al número total.

Vamos a suponer que Trump impusiera aranceles sobre una amplia selección de bienes, digamos que el 10% global ad valorem que se llegó a comentar antes de que tomase posesión. Esto beneficiaría directamente a los sectores que compiten con importaciones, pero la historia no acaba aquí.

Aunque pasemos por alto el daño a los sectores que utilizan factores de producción importados, cualquier creación de empleo directa gracias a los nuevos aranceles se vería contrarrestada por la destrucción de empleo indirecta. La Reserva Federal, por temor a la presión inflacionaria, incrementaría los tipos de interés. Eso afectaría a algunos sectores como el inmobiliario y también fortalecería el dólar, lo que perjudicaría a las exportaciones estadounidenses.

Las afirmaciones de que el proteccionismo provocaría inevitablemente una recesión son exageradas, pero hay razones para creer que estos efectos indirectos impedirían cualquier creación de empleo neta. Y luego está la respuesta de otros países. El comercio internacional se rige por unas normas, unas normas que EEUU contribuyó a crear. Si empezamos a incumplir esas normas, las demás naciones también lo harán, tanto en represalia como por simple imitación. A eso es a lo que se refiere la gente cuando habla de una guerra comercial.

Y es una tontería creer que Estados Unidos “ganaría” dicha guerra. En primer lugar, distamos mucho de ser una superpotencia dominante en el comercio mundial, ya que la Unión Europea es un actor igual de importante y es capaz de adoptar represalias eficaces (como pudo comprobar el gobierno de George W. Bush cuando impuso aranceles sobre el acero allá por 2002). En cualquier caso, el comercio no es cuestión de ganar o de perder: en general, hace que las partes de un acuerdo sean más ricas, y una guerra comercial suele perjudicar a todos los países involucrados.

No estoy defendiendo un argumento purista a favor del libre comercio. El crecimiento rápido debido a la globalización ha perjudicado a algunos trabajadores estadounidenses, y el incremento de las importaciones después de 2000 afectó a las industrias y a las comunidades. Pero una guerra comercial trumpista no haría más que multiplicar el daño, por dos razones.

Una es que la globalización ya se ha producido, y las industrias estadounidenses forman parte ahora de una red internacional de transacciones. Por tanto, una guerra comercial afectaría a las comunidades de la misma manera que lo hizo el aumento del comercio en el pasado. Hay un viejo chiste sobre un conductor que atropella a un peatón, y que luego intenta remediar el daño dando marcha atrás y pasando por encima de la víctima una segunda vez. La política comercial trumpista sería así.

Los aranceles que se proponen  también impulsarían a los sectores que requieren mucho capital y que dan empleo a relativamente pocos trabajadores por dólar de ventas. Estos aranceles, en todo caso, descompensarían aún más la distribución de la renta en detrimento del trabajo. ¿Seguirá Trump adelante con esto? Es posible. Al fin y al cabo, se hizo pasar por populista durante la campaña, pero hasta el momento, todo su programa económico ha sido el habitual de los republicanos, que recompensa a las empresas y a los ricos y perjudica a los trabajadores.

De modo que, efectivamente, es muy posible que a las bases les gustara ver algo que se parezca más al tipo al que pensaban que votaban. Pero las promesas comerciales de Trump, aunque poco ortodoxas, eran igual de fraudulentas que sus promesas sobre la atención sanitaria. En este ámbito, al igual que, bueno, en todo, no tiene ni idea de lo que está hablando. Y su política basada en la ignorancia no acabará bien.

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