Columnistas

El viudo de Amy Winehouse

Amy es la versión inglesa de Barriga; la Winehouse redime al viejo chapaco destruyéndose a sí misma.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

09:44 / 21 de enero de 2015

El Flaco Barrientos me deja el último libro de su editorial El Cuervo en mi edificio; es El hombre que amaba a Amy Winehouse” del chapaco Julio Barriga.

Mañana se presenta en la Cinemateca junto al estreno de la película La última navidad de Julius de Edmundo Bejarano. La última vez que estuve con Barriga fue en la Feria del Libro de Santa Cruz, donde fue invitado a leer su poesía. En la tarde tomamos unas chelas en una café de la plaza principal, matamos el tiempo viendo el partido Bolivia-España. Perdimos, como siempre. Barriga vestía una camiseta hippie muy chillona. Luego la seguimos en Los Lomitos de la avenida Uruguay junto al Flaco. El poeta ama la noche, el trago, las mujeres que cantan, las bicicletas, los cómics y los papeles donde escribe prosa y poemas. Y el fútbol. Con pinta de estar desconectado del mundo, habla de Iniesta como si lo conociera. Hincha del “Vodka Juniors”, se acuerda de uno de sus aforismos desaforados II (el libro que publicó en La Paz en 2002 con la ayuda del Carlitos Cox y su añorado Ojo de Agua): “el gol es una prueba más de la existencia de Dios”. Barriga es ateo.

Me acuerdo de sus textos regalados en fotocopias mecanografiadas a los amigos y busco en mi caótica biblioteca. Al lado de los poemarios de Robertito, de Campero y del Quino, encuentro Aforismos desafora2, una dedicatoria fechada en septiembre de 2002 y un deseo del autor: “seré feliz si luego en la soledad del pensamiento estas ideas saltan en la mente del lector como conejos en la hierba”.  En el capítulo de última hora leo: “la poesía no es más que perseguir una música secreta”. Barriga es un perseguidor y su último amor es la inglesa Amy Winehouse, la que nos  trajo el mejor soul de vuelta. De la Winehouse a Barriga, su viudo confeso, le gusta todo: sus adicciones, su talento, sus composiciones, su mezcla de jazz y blues, su síndrome de Tourette, su sexo explícito, sus rehabilitaciones... Amy es la versión inglesa de Barriga; la Winehouse redime al viejo chapaco destruyéndose a sí misma.  Morbosa fascinación. El poeta pide su segundo deseo: “Que haya siempre una mujer cantando en el horizonte mientras nos dirigimos a la muerte, que esa mujer sea Amy”. Así termina el libro que acaba de dejarme Barrientos (su crónica-perfil en el prólogo es una joyita) donde se recoge en una mezcla de autobiografía y antología de prosa lo mejor del “otro señor Barriga”: cuarenta textos para repasar la vida en primera persona de uno de los poetas malditos más tierno, desencantado y jodido de la literatura boliviana.  

Saco sus Versos perversos de la estantería. Su tapa azul está descolorida y el ángel posado sobre un borrachito del Marito Conde casi ni se aprecia. El libro, impreso en El Alto en 2004, reúne (casi) toda su poesía. Entre sus páginas, una revelación, un pequeño tesoro escondido: la presentación que leyó Quino cuando Barriga llegó aquel año a presentar su antología a La Paz. Leo la fotocopia que me pasó el chapaco para que se publicara el texto en el suplemento Fondo Negro. Se titula Letanía del destierro. Decía Quino: “En Julio Barriga la derrota del poeta es el triunfo del poema, desde la disgregación del ser, la lengua llega al abismo para concedernos un antes y después de cada verso, después de escribir cada poema, el poeta se siente más vacío, ha perdido un fragmento de su misterio, ha puesto en evidencia su esencia demoníaca, su arte del mal vivir”. Entre las hojas de mi libro más sorpresas, otra fotocopia-poema sin título con estas palabras de puño y letra del poeta: “Julio Barriga (Último)”.El poeta pide su tercer deseo: “sueño con morirme para poder dejar de ser tarijeño”.

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