Columnistas

Cómo vivir

Evidentemente, es parte de nuestra naturaleza sentir un gran temor por el futuro

La Razón / Enrique Vila-Matas

00:00 / 25 de marzo de 2012

Aunque irreconciliables entre ellas, tres actitudes ante el arte literario pueden resultar fascinantes por igual. Las tres en el fondo responden a la pregunta de cómo posicionarse ante el mundo, cómo vivir. Si me preguntaran, sería difícil precisar con cuál sintonizo más, pues todas tienen una misma carga de gran verdad íntima, lo que no haría más que probar que, como sostenía Niels Bohr, lo contrario de una verdad no es una mentira, sino otra verdad.

Aún así, reconozco que durante un tiempo tuve mis preferencias y admiré, por encima de todas, la elegante actitud de los solitarios, la de quienes tienen voluntad de encierro, de torre de marfil, necesidad de aislamiento para atender sólo a su obra. Todo cambió cuando descubrí que había estado reparando sólo en casos de creadores de indiscutible altura moral e intelectual; había estado estudiando, por ejemplo, a Wittgenstein, leyendo todo acerca de ese año que pasó en radical soledad en la cabaña de Skjolden, en Noruega, donde sintió gran euforia al ver que se podía dedicar enteramente a sí mismo, o mejor dicho, a lo que él creía que era la misma cosa, a su lógica, lo que le permitió tener pensamientos que eran “enteramente suyos”.

Tan cierto es que las obligaciones y expectativas impuestas por la vida social coartan la libertad de concentrarse en la obra como que ciertas derivas del aislamiento pueden producir un tipo de escritor escasamente gentil e intelectualmente limitado, diría que muy común en nuestra tierra, ensimismado en su provinciano mundillo cultural, despreciativo con el vecino europeo y latinoamericano, cerrado a las aportaciones de los otros, jamás abierto al diálogo con lo contemporáneo.

Advertir esta oscura sombra en la actitud de ciertos solitarios me hizo abandonar la admiración por todo tipo de aislamientos y empecé a encontrar más alentadoras las actitudes abiertas; actitudes profundamente democráticas y festivas, como la de Michel de Montaigne, por ejemplo: “Mi modelo esencial es adecuado a la comunicación y la revelación. Soy abierto, a plena vista, nacido para la compañía y la amistad”.

Al ensayista francés (cuenta Sarah Bakewell en su excepcional y muy recomendable Cómo vivir o una vida con Montaigne) le encantaba mezclarse con los otros, y se sabe que conversar con el vecino o con el visitante extranjero era algo que disfrutaba con especial placer. No era pues raro que, puesto a dialogar, lo hiciera también con los clásicos y que citas textuales de éstos se hallaran inscritas en las vigas del techo del torreón en el que trabajaba y donde, en animada conversación con sus autores favoritos, se mostró convencido de que la “relajación y afabilidad”, lo que llamaba “una sabiduría alegre”, contribuían a hacer más llevadera la vida y a saber posicionarse mejor ante el mundo.

La tercera actitud es la del que fraterniza con el inexorable silencio hacia el que se encamina todo. Esta actitud la resume muy bien Adiós, el poema en el que Rimbaud cuenta que ha ardido demasiado deprisa y por tanto busca ya su propio otoño y el silencio. “Procuré inventar flores nuevas, astros nuevos, carnes nuevas, idiomas nuevos. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y bien, debo sepultar mi imaginación y mis recuerdos!”, nos dice, y parece darnos ya la espalda, como si quisiera cerrar la maleta con la que viajará a Abisinia. No mucho después, completaría con estas palabras su despedida: “Maintenant je puis dire que l'art est une sottise” (Ahora puedo decir que el arte es una estupidez). Oh, claro, querido Rimbaud, por supuesto que la literatura, como toda forma de arte, es una estupidez. Aunque sin el arte, la vida no tendría mucho sabor, acaso ni siquiera sentido. Además, la estupidez del arte no es más que la sencilla demostración de que la vida no basta. Y por eso nosotros seguimos hablando de ella, a veces sólo para dialogar sobre la mejor forma de vivirla.

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