Columnistas

El voto cotidiano

Los incentivos, positivos y negativos, son la piedra angular de la vida ciudadana en cualquier municipio

La Razón (Edición Impresa) / Gabriel Loza Tellería

03:35 / 21 de marzo de 2015

Durante las campañas por las elecciones municipales abundan las ofertas de todo tipo, mediante una propaganda que rebalsa las paredes de la ciudad y los oídos del votante. Estrictamente se trata de un mercado con una oferta electoral de pocos candidatos y muchas promesas, por un lado, y muchos ciudadanos pero con una demanda de servicios dispersa o no conocida, por otro lado. El producto (o promesa) ofrecido es diferenciado por definición, aunque hagan las mismas obras públicas. Lo que opaca el mercado electoral es que, en lugar de ser una justa ciudadana, se ha convertido hace mucho tiempo en una pugna partidaria, confundiendo lo nacional con lo local. Así, ya no se votaría por una propuesta municipal, sino por la sigla de un partido.

En este marco, los problemas cotidianos de un simple vecino de un barrio cualquiera, que deberían ser el núcleo del debate municipal, quedan subordinados a las grandes macro ofertas. Recientemente comprendí que es necesario descender de lo macro a lo cotidiano y entender que “la economía, en el fondo, representa el estudio de los incentivos: el modo en que las personas obtienen lo que desean o necesitan, especialmente cuando otras personas desean o necesitan lo mismo”, en palabras de Stephen Dubner y Steven Levitt (Freakonomics, 2010). 

Y en mi intención de aplicar estas ideas básicas de economía en la vida cotidiana, me encuentro con varios problemas simples que no son objeto del proselitismo municipal. El caso de las fachadas sin pintar de La Paz, pese a estar dentro de las siete ciudades maravillosas del planeta, no es ninguna gracia. Supongo que debe existir un incentivo oculto por no concluir una vivienda, tal vez se pagan menos impuestos por una fachada inconclusa. Si no fuere el caso, habría que aplicar un incentivo tributario municipal para terminar de pintarla una vivienda, una especie de Bono fachada, o, por el contrario, aumentar el gravamen del impuesto a las casas sin terminar.

Lo mismo sucede con los escombros y el material de construcción que se dejan botados en la calle, en casas y en grandes edificios, que además invaden la acera de los peatones, de la misma forma en que lo hacen las vendedoras callejeras dueñas de la vereda. Para contrarrestar estas prácticas, sencillamente se debería establecer un sistema de incentivos negativos (multas) por dejar los escombros y por apropiarse de la acera.

El problema del estacionamiento no tiene solución, porque existen incentivos “institucionales” para estacionar mal. No respetamos ni siquiera el letrero de “Garaje: no estacionar” donde la sanción debería ser una simple boleta automática. En cuanto al sistema de “grampas” que se aplica en algunos barrios, como la zona Sur (de mayor poder adquisitivo), el remedio es peor que la enfermedad. Y digo “incentivos institucionales”, porque el ejemplo lo dan renombrados colegios que deben dar educación ciudadana a padres e hijos, en lugar de incentivar a bloquear las estrechas calles del barrio de Següencoma, por ejemplo, teniendo a su disposición los estacionamientos del Campo Ferial, el cual obviamente tiene un costo monetario. Lo mismo sucede con los estacionamientos cercanos a la Academia de Policías, que se suman a los cortes de calles por cualquier motivo y, de yapa, la instalación de anticucheras y ramas anexas que bloquean la calle paralela Hugo Ernst.

Creo que los incentivos, positivos y negativos, son la piedra angular de la vida ciudadana en cualquier municipio y que, por supuesto, ninguna oferta electoral los considera, porque los candidatos se preocupan de los “grandes” problemas.

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