Columnistas

Los votos importan

Los comicios del  anterior domingo ratifican la precariedad de las lealtades electorales.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

02:55 / 27 de septiembre de 2015

Una semana intensa. Un mar de dudas sobre los efectos institucionales de los referéndums que rechazaron los estatutos, excepto en Charagua. Un resultado sorprendente en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) por la distribución de votos favorables a la demanda boliviana; excepto para ciertos periodistas que piensan como “para-cancilleres” chilenos. La renovación generacional de la selección que encarará las eliminatorias mundialistas bajo el mando del Emperador Baldivieso, talento y orgullo nacional. ¿Qué tienen en común estos hechos? A simple vista, nada. Con cierta mesura podemos destacar el accionar autónomo en el comportamiento electoral de la ciudadanía, en el dictamen de la CIJ y en el diseño táctico para encarar la competencia futbolera más importante (después del Nacional “B”, of course, donde Aurora buscará el retorno a la Liga).

Los comicios del anterior domingo ratifican la precariedad de las lealtades electorales; es decir, la gente define la orientación de su voto de acuerdo con los temas de la agenda política y la valoración de la oferta en juego (“Sí” o “No”). No existe “voto cautivo” y las cifras lo corroboran: cerca de dos tercios optaron por el No, un dato inverso a la popularidad que ostenta Evo Morales. La banalidad de la lealtad es un rasgo de la democracia en todas las latitudes y denota la debilidad de las estructuras de mediación —partidistas o corporativas— para definir las preferencias electorales. Es un rasgo general que algunos autores definen como “democracia continua”, puesto que la ciudadanía realiza un escrutinio permanente para decidir su apoyo o negarlo. No interesa indagar las “razones” del voto contra los estatutos, en todo caso debe evitarse la falacia de los analistas que invocan la gastronomía y la teleología para afirmar que la gente está “saturada” o que la sociedad emitió una “señal de rechazo” a los planes oficialistas de re(re)elección. Es un salto triple mortal sin red conceptual, porque sugiere la existencia de una racionalidad estratégica en el electorado como un “todo” y suprime la temporalidad de la política. Es mejor apuntar a los efectos institucionales de los resultados del referéndum que ralentizan la descentralización estatal. Es otra cara de aquello que en mi último libro (Incertidumbres tácticas, 2014) denomino la “construcción minimalista del Estado Plurinacional”. Después de seis años de vigencia de la Constitución, solamente se ha erigido una autonomía indígena, Charagua, y cinco gobiernos departamentales sufrirán rezagos en su consolidación institucional por la carencia de estatutos. Así las cosas, no deja de ser paradójico que la única región (Pando) que dispone de ese instrumento carece de condiciones institucionales para trazar una ruta ejemplar hacia la descentralización.

Ejemplar, en cambio, es el resultado de la política gubernamental en el tratamiento de la reivindicación marítima. No solamente por el dictamen de la CIJ, también por el carácter pluralista del equipo de juristas y asesores (expresidentes y excancilleres) que demuestran que un interés nacional o bien común elimina las diferencias, pero no suprime las divergencias políticas en otros temas. Eso algunos denominan democracia. Y los que siguen repitiendo la cantaleta de que Bolivia no tuvo ni tiene una “política de Estado”, es aconsejable que lean a Carlos Mesa, quien nos enseñó que es fácil tener “una” política cuando la respuesta es monótona: “no”. Frente a esa postura solamente quedaba la búsqueda de otras opciones, aunque parezca improvisación. En el caso de La Haya hubo imaginación y se ganó por goleada: 16-0, como explicó Farit Rojas. Imaginación y autonomía tiene el Emperador —porque la dirigencia en crisis no toca pito— y confiamos en su talento para vencer a Uruguay. 

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