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Yo voy al cine

El cine cuesta y no solo plata. Tienes que chequear la cartelera y rezar para encontrar algo potable

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:16 / 19 de febrero de 2014

Ir al cine es un acto de fe, una militancia. Es más fácil quedarse en casa viendo tele o comprar una peli trucha por la calle para disfrutar un doblaje horrible con subtítulos en ruso. El cine cuesta y no solo plata. Tienes que chequear la cartelera y rezar para encontrar algo potable. Hace 15 años teníamos tres cines en La Paz: el Monje, el 16 de Julio y el 6 de Agosto; además de la Cinemateca de la calle Pichincha e Indaburo. Había más salas pero eran de reestreno o pornos. Ahora contamos con multisalas por doquier y otras que vendrán, pero la oferta no ha aumentado: las buenas pelis hay que buscarlas y perseguirlas. La mayoría de los pocos que van todavía al cine no van a ver películas: van a comer, charlar, pasar el rato, huevear con los cuates o la pareja aburrida...

En la entrada del Multicine en la avenida Arce hay una estatua de Chaplin, en un rinconcito, casi inapreciable. La gente se topa (por obligación cuando llega) con una gigantesca bolsa de pipocas. Ya se sabe que los cines ganan más plata vendiendo comida chatarra y litros de gaseosas que con las meras entradas. En el MegaCenter de la zona Sur la cosa es peor: para llegar a las multisalas tienes que subir escaleras, sortear tiendas y atravesar un patio de comidas oloroso y tentador. Y luego adentrarte en un laberinto para llegar a tu peli y volver a rezar: que los celulares no suenen harto, que no escuches conversaciones privadas, que la copia esté buena.

Una de las cosas más lindas de ir al cine (como de leer un buen libro) es sumergirte en otro mundo, aislarte, viajar y sentirte por unas horas al margen de todo y de todos. Te puedes ir de este planeta por unas horas y nadie te va a extrañar, te lo juro; a no ser que seas ministro o ministra y te llame el presidente Evo. Pues no, la gente tiene un extraño complejo de ministro: necesita ver su celular, su twitter, responder su mail, chequear el “feis” o avisar a la humanidad qué película está viendo y con quién.

Pero lo peor de todo son las prisas por botarte. Cuando todavía la peli no ha terminado, cuando la sala oscura todavía te tiene entre su regazo celestial, cuando gozas de la buena banda sonora, zas: se prenden las luces cegadoras, la pantalla se pone en modo ilegible y un limpiador con buzo amarillo comienza su laburo con mirada inquisitoria. Barre y te mira feo. Quieres disfrutar con la sala oscura hasta la última nota, hasta el último título de crédito, pero no. ¿Es tan difícil de entender? Pues sí. Me he quejado por activa y por pasiva sin apenas resultados. El chango de la limpieza me mira como a loquito: un tipo solitario que jode por “nada” o por saber en qué valle de Jordania está rodada la pinche película; el jefe de los que barren pipocas que se encoge de hombros diciendo que ellos cobran para limpiar y punto; y el responsable de turno del Multicine que jura y miente que no volverá a pasar. Entonces me acuerdo de la frase de Woody Allen: “Disfruta el día hasta que un imbécil te lo arruine”.

En fin, ir al cine es un acto militante, somos mendigos extendiendo la mano por una limosna de dos horas de buen cine. Y cuando lo conseguimos, salimos de la oscuridad silenciosa al ruido callejero con una estúpida cara de felicidad.  Eso sí, cada vez somos menos, estamos en extinción. En las últimas buenas pelis que he visto (Philomena, Blue Jasmine, Ladrona de libros, 7 cajas o Balada de un hombre común) no había más de 15 personas en mi sala. Al escritor cubano Guillermo Cabrera Infante le ponían contra la pared: cine o sardina. Y elegía siempre hambrear para pasar un rato con sus ídolos en blanco y negro: con Marilyn, con Sam Fuller, con Minnelli, con Eva, Rita, Mae. Nosotros, los 15 cojudos que todavía vamos a ver pelis “contemplativas y raras” somos igualitos al Caín: metete las pipocas (digo la sardina) por donde te quepan y déjame en paz que ya comienza mi película.

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