Columnistas

La voz sin tregua

Era un hombre singular, al extremo de que su solo nombre produce controversia, nunca indiferencia.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 09 de marzo de 2014

Hace un año que murió Hugo Chávez, escuchar su nombre en Bolivia produce urticaria galopante en los sectores conservadores de la sociedad, y admiración y respeto en grupos sociales de trabajadores. Los mismos sentimientos encontrados sentí en Venezuela, cuando pude asistir a un encuentro de artistas. Muchos de ellos estaban descontentos con su manera de entender el socialismo y el rol de los artistas e intelectuales en la construcción de las bases para erigir un modelo económico participativo e incluyente. Manifestaban sus críticas abiertamente, pero no proponían nada alternativo para contrastar con el poderoso movimiento que se gestaba desde su Ministerio de Cultura.

Tuve la oportunidad de estar cerca de él cuando visitó Bolivia en 2006 y su equipo de comunicación trasmitió su programa Aló Presidente desde Tiwanaku.

Un numeroso contingente de guardaespaldas muy jóvenes, bastante rudos, le acompañaba. La noche anterior, como a las 22.00, solicitó, mediante su embajada, que le dotáramos de material sobre el sitio arqueológico y su historia. Le enviamos un video, una pequeña guía que el departamento de arqueología había elaborado en los años 80 y un libro. Todo este material llegó al hotel Radisson a las 23.30. Estuvimos esperando una hora por si requería algo más, pero no ocurrió eso, así que marchamos a Tiwanaku a preparar su visita y equipar el espacio para los invitados y la trasmisión.

En la madrugada, las 24 comunidades llegaban al sitio arqueológico y simultáneamente grupos de trabajadores fabriles y vecinos se aglomeraban de manera desordenada hasta que llegó Chávez. Con una camisa roja, sin abrigo, ingresó al Museo de Cerámica y allí fui presentado, me abrazó efusivamente. Inmediatamente nombré al arqueólogo Eduardo Pareja de la extinta Dirección Nacional de Arqueología para que guíe a nuestro ilustre visitante, ya que el desorden por acercársele había producido empujones provocando la rispidez de sus jóvenes guardaespaldas (hombres y mujeres) que todavía lucían fuertes e imponentes. En Kalasasaya, el presidente Chávez saltaba entre las míticas piedras mientras relataba lo que había aprendido la noche anterior (después me enteré que había estudiado hasta las 03.00); en tanto, empezaban a caer uno por uno sus otrora rudos guaruras, y los médicos del centro de salud de la población hacían malabares para conseguir oxígeno y reanimarlos. Entonces Chávez se topó con un grupo de turistas norteamericanos y les habló en inglés: “You’re innocent people, you’re good , ¡but your president Bush is Satan, Satanás!”. Se tomaron fotos y prosiguió la visita. Luego nos dirigimos a un lado del templete, donde estaban instalados los asientos y los equipos para la trasmisión vía satélite hasta Venezuela.

Chávez se sentó y empezó su presentación hablando sobre Tiwanaku y su importancia simbólica en el mundo indígena de América. Manejaba datos y se notaba que realmente se había interesado por el tema. A mi lado estaba el exministro Soliz Rada, quien dormitaba. Mi tarea en esos momentos consistía en propinarle suaves codazos para que despertara (vale aclarar que este servidor tenía un tremendo bolo de coca aprisionado en su cachete). Después de dos horas llegó el presidente Evo, y le acompañó por otras dos horas y media más al de-sarrollo de sus proyectos para la Patria Grande. Ya casi al atardecer, un viento frío obligó al presidente Chávez a abrigarse, y terminó la trasmisión con bailes y regalos de los comunarios que recibió con una sonrisa franca y cálida. Antes de partir se despidió de los que la multitud permitía y, en lontananza, se dibujaban las siluetas tambaleantes de sus guardaespaldas, mientras su Presidente lucía entero y con una energía para seguir hablando de la revolución bolivariana dos horas más. Era, qué duda cabe, un hombre singular, al extremo de que su solo nombre produce diversas posiciones políticas y controversia, nunca indiferencia.

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