Columnistas

La ‘wislla’ reguladora

Celebro que las mujeres de mi familia decidan sobre su cuerpo y su vida sin pedir permiso a nadie.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

09:33 / 19 de marzo de 2017

Me críe en una familia matriarcal. Mi abuela Olga, una chola jovera de Sacaba, era el centro del poder político y moral de la familia. La mayoría eran mujeres y siempre decidían lo que se debía hacer. Los varones acataban sin discutir las determinaciones, pese a la ocasional rebeldía machista-anarquista de mi abuelo Severo, sastre orureño y miembro de la extinta Federación Obrera Local (FOL). De Severo no tenía nada, tal vez su acendrada seriedad cuando se ponía pensativo y se olvidaba de acariciar a sus nietos con su barba recién crecida. Era la tortura a la que debíamos someternos so pena de perder su cariño; pero era señal de que todo andaba bien.

La presencia de la abuela era capital para cualquier evento. Desde su enorme cocina mandaba y ordenaba a los demás sobre lo que debía hacerse para los cumpleaños o el Carnaval, o si era urgente, visitar a la comadre. Casi nunca se desprendía de su wislla, un cucharon grande, chamuscado por las laguas y el cordero frito traído de Paria o Toledo, que el abuelo devoraba haciendo chasquear el paladar después de engullir un bocado con la llajua encumbrada en la crocante carne.

Cuando el abuelo hacía una de sus travesuras donjuanescas, le iba mal, porque la wislla regulaba su conducta, mientras él usaba a sus nietos como escudo para pedir disculpas en quechua y en aymara. Un wisllazo en la cabeza era suficiente para recordarle que debía llevarnos al estadio a ver a The Strongest y purgar su desliz, y luego llevarnos donde doña Solica; los niños a comer chicharrón y tripitas y él, a jugar sapo y beber coctel de tumbo con sus cofrades mangueros, mientras comentaban los pasajes más interesantes del encuentro del club de sus amores.

Tener abuelos es una ampliación de la infancia y la educación. La abuela cuidaba la vida de todos, no solo en la economía, sino en las conductas. Vale decir que en mi familia las mujeres tenían absoluta independencia y autonomía; siempre hacían lo que querían y sus espíritus militaristas las dotaban de un don de mando a la que debíamos someternos. Nuestras opiniones no tenían mucho peso. Aunque en los almuerzos dominicales el abuelo era el símbolo central, prácticamente su poder era absorbido por las mujeres, mis tías, mis primas, mis hermanas y las trabajadoras del hogar.

Mi abuela me enseñó a cocinar el arroz y a freír el cordero, picar el tomate y la cebolla para hacer el ka’llu. Nunca me atreví a levantar la piedra de su batán para moler y hacer la jallpawayka. Era un llocalla de ocho años y la piedra era muy pesada; pero cuando ella la batía, parecía un barco en medio del mar que salpicaba sabor. Debe ser por eso que mis mejores amigas son mujeres; me gusta conversar con ellas, sobre todo con las que no se hacen problemas con asuntos obvios como la ampliación de las posibilidades de un aborto por causas que son atendibles en este siglo; incluso con aquellas que malinterpretaron a Derrida y sus novedades de ayer, como que la cultura europea es logocéntrica y sobre todo falocrática, entendiendo por eso que los hombres somos sus enemigos. Domitila Chungara me dijo una vez que el feminismo de los pobres y explotados es luchar al lado del hombre, que el otro feminismo es para las señoritas que nunca tuvieron hambre.

En su encíclica Libertas, del 20 de junio de 1888, el pontífice romano León XIII habla de la libertad de conciencia: “(...) que todo hombre pueda en el Estado seguir la Ley de Dios y sus mandamientos según su conciencia, sin que haya nada que se lo impida. Esta es la verdadera libertad propia de los hijos de Dios; la más segura defensa de la personalidad humana por encima de toda opresión y violencia (…). Y con justa razón: pues esta libertad cristiana es el más alto testimonio supremo y legítimo dominio de Dios sobre los hombres y del vasallaje que los hombres deben a Dios”.

Como se entiende, es un documento falocrático y no habla de las mujeres. Vale decir, que ellas, siendo creyentes, pueden decidir ampliamente lo que su conciencia les dicta, porque no son vasallas de Dios. Celebro que las mujeres de mi familia decidan sobre su cuerpo y su vida sin pedir permiso a nadie.

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