Columnistas

Cuando el zapato aprieta

Los medios con los que contamos para enfrentar el bajo nivel de precios  son muy limitados

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

00:01 / 31 de octubre de 2014

Qué lejanos parecen hoy los días cuando el “megaciclo” de precios altos de los metales llegó a su cúspide, el oro que hoy lucha por mantener un precio sobre los $us/oz 1.200 llegó a 1.895 en 2011; la plata con un precio actual en tonro a los $us/oz 17 llegó a 48,78; el estaño hoy a $us/lb 8,89 llegó a 15, y así podemos seguir. Este fenómeno grafica el proceso de cierre del megaciclo que tocará fondo o se estabilizará en un nuevo nivel de referencia en los próximos años. Los otros metales de nuestra producción (zinc, plomo, cobre, etc.) han tenido bajadas menos bruscas, porque su valor intrínseco es mucho menor, sus precios de hoy buscan un nivel de equilibrio para el zinc en torno a 1 $us/lb; el plomo en 0,92 $us/lb, cobre en 3 $us/lb, etc.

Paradójicamente y pese a nuestro potencial; la producción de metales de mayor valor de mercado como el platino ($us/oz 1.252), indio ($us/oz 560), sales de potasio para fertilizantes ($us/ton 287), carbonato de litio ($us/ton 6.000), tantalita ($us/kg 207,23), etc.; permanece todavía en el limbo de las buenas intenciones.

Ahora que es evidente el bajón de precios, cuando el zapato aprieta y las dificultades comienzan, hay declaraciones oficiales y de otro nivel también apelando a medidas de urgencia para implementar proyectos de exploración, aumentar la producción y la productividad de los centros mineros, cuando en casi una década esos factores se ignoraron al calor de los buenos precios que parecían eternos y de las recaudaciones fiscales que crecían frenéticamente. Como sostengo en esta columna por años, la minería no es un ejercicio de beneficencia,  sino, un negocio que genera riqueza a partir de la extracción de minerales y metales de la corteza terrestre. Esta cualidad especial de la industria hace que sea necesaria una estructura productiva, tecnológica y de investigación que planifique y haga sustentable la actividad más allá de la coyuntura. Si se quieren buenos resultados económicos, la mirada debiera abarcar el mediano y largo plazo; los proyectos mineros no nacen al calor de buenas intenciones, sino como producto  de un largo proceso de maduración, que empieza con la prospección y exploración de áreas potenciales y termina con la factibilidad y diseño de la ingeniería de un proyecto, el cual es, normalmente, un “lunar” dentro de muchos intentos que normalmente no llegan a esas etapas.

Perdimos una década sin exploración de nuevas áreas, añejos proyectos mineros fueron dejados de lado, la iniciativa privada que los había generado se arrinconó en espera de mejores días, el rol del Estado todavía se discute, la minería artesanal e informal campea, y muy orondos queremos enfrentar la situación actual como si tuviéramos una estructura productiva competitiva. No es así, el bajo nivel de precios puede generar una crisis del sector y los medios de reacción con que contamos son muy limitados.

Dependemos de tres proyectos estatales (Corocoro, Mutún y Salar de Uyuni), de tres minas heredad del neoliberalismo (San Cristóbal, San Bartolomé y San Vicente), de un puñado de minas más chicas (Huanuni, Colquiri, Bolívar y Porco) y de la producción de oro, controlada por operadores artesanales e informales que están acabando con una de las mayores concentraciones de este metal en los aluviones del noreste del país. La situación no es sencilla, debiéramos enfocarnos en restaurar una estructura básica del sector primero, definir roles de los actores productivos y fijar las metas del sector para el mediano y largo plazo. La coyuntura actual ya la perdimos y es posible que el futuro nos encuentre otra vez sin alternativas, hay que trabajar para contrarrestar esta tendencia. 

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