Columnistas

Un zar en Versalles

Francia podría ser un puente amigable entre Occidente y Moscú en puntos espinosos como Ucrania.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:00 / 17 de junio de 2017

Bajo un radiante sol, con inéditos 34 grados en el termómetro, después de precisamente 300 años, las puertas del castillo de Versalles se abrieron nuevamente no para recibir al zar Pedro el Grande, sino a su sucesor más poderoso y menos confiable. La histórica amistad franco-rusa se refresca, luego de escaramuzas diplomáticas superadas con el encuentro entre Vladimir Putin y su novel anfitrión Emmanuel Macron.

El pasado 29 de mayo, tuve el privilegio de testimoniar de cerca la sensibilidad histórica y la maestría en el arte de la comunicación que posee el joven mandatario francés, quien impuso símbolos que no podían ser más elocuentes: el dueto oral tuvo lugar en la sala de las batallas, cuyos enormes cuadros murales elogian la eterna gloria de Francia desde Clovis hasta Napoleón, retratando guerras siempre victoriosas, salvo la ausencia de alguna alegoría del egregio comandante en su abortada aventura moscovita.

Quienes esperábamos ansiosos el arribo a la magna sala de los protagonistas, percibimos la inminencia de su entrada por la avanzada de los inefables “hombres de negro”. Primero dos agentes rusos armados de longilíneos paraguas oscuros, que son en realidad mortíferas armas de protección. Luego aparecieron solos Putin y Macron, paso a paso y contemplando los murales bélicos flanqueados por bustos, en mármol, de innumerables generales galos, para surgir finalmente detrás de sus respectivos atriles.

El motivo (o pretexto) del viaje de Putin fue la inauguración de la exposición retrospectiva de la visita que tres siglos antes hiciera Pedro el Grande, cuando se quedó 44 días, junto a su comitiva de 60 personas, en jornadas dedicadas a estudiar los adelantos científicos y tecnológicos de la época, además de interesarse en el modo de vida de los franceses, su hábitat, su gastronomía y hasta sus hábitos sexuales, pues se cuenta que a sus 45 años y con sus dos metros de estatura, el zar no pudo contener los deseos de cometer ciertas travesuras en la alcoba royal donde se hospedaba. Pero Pedro el Grande, constructor de San Petersburgo, se entusiasmó particularmente por los jardines versallescos, a los que copió a su retorno en el palacio de Peterhof, fascinado por las fuentes de agua alimentadas por la máquina hidráulica de Marly.

En cambio hoy ¿qué podría llevar Putin como innovación de vuelta a Moscú? Sin duda el modus operandi de la fulgurante carrera política de Macron, su fuerte impulso para mover la Historia, y su disciplina para lograr otros triunfos; esta vez contra el cambio climático, el terrorismo, la caótica inmigración y el infierno que padece Medio Oriente. Todo ello y algunos temas ingratos se ventilaron en privado, para compartir la conclusión de que Rusia es interlocutor imprescindible en el contexto internacional, y que Francia podría ser un puente amigable entre Occidente y Moscú en puntos tan espinosos como los conflictos que se viven en Siria y Ucrania, que han impulsado sanciones económicas y la exclusión de Putin del G7.

De la conferencia de prensa conjunta traslució la voluntad de comenzar una nueva página (reset) en la relación bilateral, recalcando la prioridad principal de destruir al Estado Islámico y enfrentar a los segmentos terroristas colaterales. Sorprendió la firmeza de Macron en la cuestión siria, al fijar dos líneas rojas no negociables: la inmediata represalia si se usaban armas químicas, y exigir la necesaria fluidez de los corredores de asistencia humanitaria para la población civil.

Cuando los respectivos helicópteros presidenciales surcaban en vuelo de retorno los cielos de Versalles, dejaron una estela de optimismo forjada en esa reunión globalmente positiva.

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